¿De qué lado estamos?

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El Pájaro de Perogrullo

El Pájaro de Perogrullo

Columna: Opinión

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No hay nada más desconsolador e impactante que un acto terrorista. Las personas, y en general la sociedad, quedan desconcertadas y abrumadas. El miedo invade. La impotencia campea como sombra enlanguescida devorando hasta el más mínimo sentimiento de seguridad y esperanza. Pero, es ahí, donde debemos detenernos y pensar con cabeza fría lo que pasó para buscar una solución.
La bomba o petardo en el Centro Andino en Bogotá es sencillamente un atentado terrorista. No se puede ocultar el sol con un dedo, a pesar de que el Gobierno quiera pasar de agache para no frustrar los vientos de paz y los medios le hagan el cuarto. El resultado es trágico: tres personas muertas, una decena heridas y una comunidad golpeada y desorientada, que no entiende lo que pasó y no sabe qué hacer. Londres y Paris también padecieron ataques terroristas recientemente. La respuesta de la sociedad en esos países fue unirse para repudiarlos y pedir la acción determinante de las autoridades. Las voces en general eran las mismas: solidaridad y justicia. Acá, en mi patria, se oyen cuerdas disonantes. Los mal llamados “amigos de la paz” se solidarizan con las víctimas y sus familiares. Condenan el ataque de manera vehemente, pero callan de manera inentendible si se les pregunta sobre los actos terroristas de Timo y sus secuaces. ¿Se les olvidaron? ¿A caso no serán lo mismo? Tildan a los que han clamado siempre por un Estado fuerte, que no claudique ante los violentos, a quienes quieren la paz, pero con justicia, como oportunistas. Indican que son amarillistas o carroñeros de la desgracia pública, pues supuestamente solo buscan votos. No, se equivocan. Las cosas son como son. La paz sin justicia no es posible porque se generarán nuevas violencias.  Esa es la conclusión que se deprenden del ataque terrorista del Andino. Se cosecha lo que se siembra. Siembra vientos y cosecharas tempestades, decían los abuelos. No es, por lo tanto, el momento de dividirnos y sonar disonantes como sociedad ante el terrorismo. No es adecuado que, ante semejante acto de barbarie, seamos débiles y permisivos. La pregunta, por ello, es: ¿De qué lado estamos? ¿Estamos del lado de un Estado débil ante el terrorismo y del perdón y del olvido sin justicia? ¿Estamos del lado de la paz sin justicia? ¿Estamos del lado de 7.000 terroristas que, con la complicidad de un Gobierno débil e impopular, han cambiado nuestra constitución? No, como sociedad no podemos estar de ese lado. Sencillamente debemos unirnos en contra del terrorismo y a favor de la justicia para que no haya más impunidad. Una sociedad que no entienda esta perogrullada está destinada a fracasar. Hay que cambiar la siembra y para ello hay que cambiar a quien siembra. Así, este acto perturbador debe servir de punto de reflexión e inflexión para cambiar el rumbo del país, antes de que nos adentremos en el torbellino de las injusticias y de las nuevas violencias. No olvidemos el refrán popular: “quien a hierro mata a hierro muere”. La responsabilidad del Gobierno y de la sociedad es precisamente impedir que esto ocurra, no necesariamente, o solamente, con seguridad para los reinsertados o mediante la acción decidida de las autoridades para desmantelar organizaciones al margen de la ley que busquen venganza, sino también, y como principal medida, con la aplicación de penas privativas de la libertad que manden el mensaje claro a la sociedad de que “ser pillo no paga” y “quien la hace la paga”, lo cual mitiga la posibilidad de engendrar nuevas violencias.
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