Duplicidad en el concepto de calidad en la educación colombiana

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Escrito por:

Eimar Pérez Bolaños

Eimar Pérez Bolaños

Columna: Opinión

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El concepto de calidad educativa en Colombia es una categoría que no se presenta como una meta u objetivo por parte del Ministerio de Educación Nacional, es más bien a mi juicio, un instrumento del poder que promueve la división abismal entre docentes, dicentes y la sociedad en general.


Así que en mis diez años de experiencia docente, de los cuales he tenido oportunidad de compartir en varias instituciones del  interior del país desde lo público y lo privado y actualmente desde lo universitario en la costa Caribe, he visto que las cosas aún siguen en la misma controversia, en una confrontación constante por mejorar la  “calidad” de la educación para los niños y niñas y jóvenes,  lo cual  se convierte en un escenario cada vez más incierto.

En ese sentido, considero que uno de los problemas de dicho concepto de calidad, es que se ha disfrazado por parte del gobierno esta categoría, bajo el barniz de “mejorar el nivel académico” de los estudiantes y además tras el sofisma que “Colombia será la más educada en el 2025”. Este discurso mediático e instrumentalizado, oculta  el problema real de la educación, sobre todo la pública. Es decir,  ocultar la realidad  de que ésta corresponde a un proyecto político y en ese sentido se convierte en una lucha de clases. Tanto así  que se habla de calidad como si la condición humana fuera un producto del mercado, que debe competir con otros productos, en este caso personas de otros lugares del mundo (globalización educativa). En consecuencia, se da una especie de cosificación del ser humano, bajo el pretexto de la competencia, entendida esta con peculiaridades comerciales.

Como he señalado, la educación pública se presenta como  una lucha de clases, en la medida en que antes que desarraigar la ignorancia lo que se busca es enraizarla a través de distintos medios  y es allí donde se evidencia la finalidad política. Como dijo el Che: “un pueblo ignorante, es un pueblo fácil de engañar y manipular”. Bajo esa tesis se muestran los intereses del gobierno, luego de mantener al pueblo aletargado con un sistema educativo acrítico, apolítico y desacreditado, a través de distintos dispositivos, se han perpetuado en el poder durante años. Sin embargo, la duplicidad de la calidad se manifiesta en que cada vez aparecen, denomino yo invenciones, más que interpretaciones sobre la pedagogía,  los ritmos de aprendizaje,  los enfoques pedagógicos,  los métodos, la apropiación de las TIC, que hay que redefinir el sentido de la educación;  bajo ese cúmulo de discontinuidades, se la ha pasado en mi percepción el Ministerio de Educación Nacional en esta última década en la que he ejercido mi labor social y política desde la educación.

Cabe señalar que, mi acometida no es en contra de los grandes teóricos de la pedagogía, sino por el contrario,  mi intención consiste en  auscultar el sentido político de la educación colombiana, que bajo sus lineamientos con intereses de clase,  como el decreto 230 de 2002, posteriormente su “fantasma” 1290 de 2009, la flexibilización académica, el discurso de la educación para el trabajo, el paradigma educativo de Cuba y de Finlandia han convertido a los procesos académicos en una desidia y lo más grave en una división social. Pues, como lo afirmo al principio se da un deterioro de la relaciones entre los estudiantes y docentes, en donde los culpables de los “malos resultados y la calidad” somos estos últimos supuestamente. Todo lo anterior, le permite a los gobiernos a través de los medios, que son aparatos ideológicos a su servicio,  desprestigiar la labor de los educadores y,  por ende, justificar la reducción en la inversión de la enseñanza.

Lo anterior, es sólo un panorama general de la educación en los grados de la básica y media. Sin embargo,  esto tiene unas repercusiones ineludibles en el ámbito universitario, pues son los frutos de la desidia del gobierno frente a la “calidad” y flexibilización académica que llevan a la educación pública colombiana cada vez más al abismo, incluso en esta etapa importante como es la profesionalización.

Consecuentemente, la medición de la “calidad” no puede estandarizarse en contextos distintos, pues las condiciones en las que se han desarrollado los procesos educativos nacionales, que son múltiples, no corresponden a las pretensiones de tales mediciones absurdas. ¡No hay razón para pretender homogenizar la inteligencia humana! Todo esto promueve una constante evaluación instrumentalizada de supuestas competencias para el acceso a la educación superior, lo cual termina siendo una frustración como siempre para las clases menos favorecidas socialmente.

Finalmente, lo que he presentado es una síntesis propedéutica de una discusión amplia que se debe dar involucrando a todos los actores sociales desde lo académico y político, una transformación real de la educación no pensando en calidad, ni eficiencia, ni competitividad, sino acceso al conocimiento, a la investigación científica y a una información objetivada es lo que debemos apuntarle.

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