Orígenes de nuestros problemas y su solución

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Escrito por:

Luis García Carmona

Luis García Carmona

Columna: Opinión

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Sombrío panorama el de nuestro país, agobiado por toda clase de males. Y lo peor, un incierto porvenir. Mientras tanto, muchos de nuestros compatriotas prefieren mirar hacia otro lado y pensar en asuntos de menor calado.


Pero la realidad es otra: La violencia se ha apoderado de Buenaventura y el Pacífico. Vastos territorios como el Meta, Guaviare, Catatumbo, Cauca, Nariño, etc., son escenarios de luchas por el control de la droga entre guerrilleros, mafiosos y bandidos de toda laya.

Paros de maestros, protestas en los sectores de salud, de la rama judicial y otros sectores descontentos por  el incumplimiento de viejas promesas.

Viaja el Presidente a hacer “el oso” frente al Presidente Trump y, a continuación, llama a su jefe Timochenko para rendirle cuentas de su gestión. ¿Cuándo habíamos asistido a vergüenza semejante?

Revela el Dane que estamos en franca recesión. Un crecimiento del 1.1% asegura por sí solo el aumento del desempleo.

La corrupción brota como viruela por todos los poros de la carcaza estatal. Tuvieron que suspender la investigación por los sobornos de Oldebrecht pues, al parecer, salpicaba a un candidato presidencial. El Presidente no responde por la violación de los topes en su campaña ni por los ilícitos dineros recibidos.

Por mandato de las Farc,  el Gobierno ha promovido el cultivo y tráfico de cocaína hasta quintuplicar las áreas sembradas del maldito estupefaciente y convertir a Colombia en su primer productor mundial.

No se han cumplido, ni se cumplirán los pocos compromisos contraídos por las Farc en los acuerdos de La Habana. Ni entregan las armas, ni devuelven los niños reclutados a la fuerza, ni dejan de extorsionar, ni abandonan el negocio del narcotráfico, ni piden perdón, ni indemnizan a sus víctimas, ni pagan por sus crímenes.

Sin cumplir los acuerdos ya las Farc legislan a través de la Comisión de Seguimiento, cuentan con zonas bajo su mando donde no pueden entrar ni las autoridades regionales, hacen política armada por todos los rincones de  Colombia.

Y yo pregunto: ¿En qué momento los colombianos nos dejamos imponer la voluntad de 7.000 bandidos para desestabilizar a este grado al país?

En el momento en que encontraron un gobierno cómplice, que, en lugar de sentarse a negociar la paz, se alió con ellos para implantar a la brava y contra el querer de 49.000.000 de colombianos un estado marxista-leninista.

Para lograrlo era necesario contar con inmensos recursos que se destinarían a la compra de las conciencias de parlamentarios, magistrados, medios de comunicación, líderes gremiales, personajes de la vida pública, etc. Con el poder en la mano, la tarea resultó fácil. Se dilapidó la bonanza petrolera. Como no alcanzó se vendieron rentables activos como Isagen. Se endeudó al país hasta niveles nunca antes conocidos. Y, como no alcanzaba, se aprobó la reforma tributaria para exprimir el bolsillo de los contribuyentes.

Otro escollo era la voluntad soberana del pueblo. Se repitió hasta la saciedad que lo que se acordara en La Habana sería sometido a la “refrendación popular”  mediante referendo, y así lo dictaminó la Corte cuando autorizó el citado referendo.  A pesar de la descomunal avalancha publicitaria y la presión de la maquinaria oficial, el pueblo dijo “NO” a los acuerdos. Pero no tuvo inconveniente la Corte en pegar el “reverzaso” y cambiar el requisito de la “refrendación popular” por una votación de las mayorías “enmermeladas” del Congreso.

Se consagró allí definitivamente el hundimiento del principio de la separación de los poderes, base insustituible de la Democracia. Pasamos al régimen dictatorial, donde los 3 poderes, al unísono, son manejados por una sola persona, el Presidente, quien, a su vez, rinde cuentas a quienes ejercen de verdad la autoridad, las Farc.

Para mantener ese estado de cosas era necesario conservar el poder y de allí el empleo de toda clase de medios ilícitos para obtener una reelección completamente ilegítima.  La persecución a los líderes de la oposición adoba toda la estrategia, que se perfeccionará ahora con la creación de la JEP, o sea el Tribunal diseñado a la medida de las Farc para asegurar su impunidad y encarcelar a sus enemigos o contradictores.

¿Qué nos queda, estimados compatriotas? Solo un camino: Reaccionar ante este dantesco cuadro de desgracias nacionales. Utilizar los dos únicos instrumentos a nuestro alcance: Pedir con nuestras firmas un referendo para hacer pedazos todas las fatídicas normas aprobadas en desarrollo de los acuerdos y salir en el 2018 a votar por la “reconstruccion nacional”. No nos queda otra alternativa que reconstruir desde los cimientos este querido país destruido por los modernos vándalos: los del llamado socialismo del siglo XXI.

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