“Anormalidad” en una sociedad “normalizada”

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Eimar Pérez Bolaños

Eimar Pérez Bolaños

Columna: Opinión

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Los seres humanos somos animales gregarios por naturaleza, de acuerdo con las afirmaciones del filósofo alemán Nietzsche. En ese sentido, evidenciamos que, es categoría  necesaria e inherente a nuestra condición la debilidad y temor frente a la “soledad”, pero también el deseo de ser reconocidos, esto nos conlleva al agrupamiento y a la constitución de una vida en sociedad.


Es así que la vida social representa en la mayoría de los casos, la renuncia a los principios individuales, que en pocas palabras, aunque tenga un tono fuerte y polémico, abandonamos  incluso  nuestra libertad e identidad. Como decía un conocido literato “es el momento de ponernos las máscaras”.  A partir de allí, la vida social se constituye en un cúmulo  de convenciones que nos permiten la realización de la comunidad, mediante la aceptación de los otros bajo ciertos parámetros, ya sean religiosos en el mayor de los casos, pero también, morales, políticos, culturales y por su puesto económico. De allí surgen algunas normas morales que regulan la conducta social a través de los preceptos “bueno”, “malo”, y en una cultura  como la nuestra, en la que gran influjo tiene la religión, aparece la palabra “pecado”.

En ese sentido, nos convertimos  en una sociedad estandarizada o titulo yo “normalizada” pues,  existen unos parámetros establecidos que se imparten desde el colegio, la familia, las iglesias, la radio y recientemente a través de las redes sociales. En consecuencia, es una normatividad impregnada en la consciencia, pues, se reconocen las normas y se actúa bajo su influencia de manera casi que automática.

No obstante, el problema aparece cuando alguien rompe estos esquemas establecidos, que pese a que se pregonan dentro de esta sociedad “normal” las libertades individuales, en la práctica son sólo discursos sin aplicación.  Pues, todos aquellos que nos salimos de esta estandarización ya sea con nuestras actuaciones o pensamientos nos convertimos en los “anormales”. Es decir, en la convención social se da una especie de homogenización intelectiva que se convierte en el fundamento de los comportamientos que son catalogados como “normales” y lo antagónico por lógica “anormal”.

Con lo anterior, no quiere decir que, quienes rompemos los esquemas establecidos por una tradición social seamos los que gozamos de libertad (ese es otro tema). Pero sí, nos convertimos en lo que he venido insistiendo en lo “raro”, lo “anormal”. Sin embargo, esto tampoco significa que los lectores consideren  que es el surgimiento de un prejuicio o “complejo psicológico”; por el contario considero que es una percepción y el resultado  de una sociedad que se ha constituido bajo el principio en que todos los seres humanos somos iguales. Es  obvio que sí, en cuanto a ley y derechos, pero no, en tanto que, tengamos que pensar y actuar de la misma manera. Con esta afirmación se rompe el reconocimiento y reafirmación de la diferencia.

Entiendo que, el tema es complejo y desbordará en ambigüedades, lo mismo que originará supuestos. La idea es plantear reflexiones que amplíen las perspectivas sobre la vida humana, sin caer en dogmatismos, mucho menos en ideologías fundamentalistas que promuevan la negación de los otros. En ese sentido, considero importante resaltar con el tema, el reconocimiento de las diferencias que nos caracterizan a cada ser humano, que la negación de éstas nos convierten en personas inauténticas y poco coherentes en nuestras acciones. También pienso que, producto de esta negación se dan muchos más enfrentamientos, porque cuando nos mostramos “tal como somos” no sólo recibimos el rechazo de una sociedad y sino que se genera violencia, estigmas y aislamientos.

En ese orden de ideas, observo que las relaciones humanas son complejas, porque un gran peso cultural y social se ejerce para su desarrollo.  En consecuencia, la mayoría de las personas optan por cierta sumisión para ser aceptados en un grupo; los gustos, dialectos y conceptos tienden a homogenizarse. De ahí que la crítica adquiere unas connotaciones moralizantes y se piense que al ejercerla se destruye al otro. En ese sentido, la acomodación a las circunstancias, aun no estando de acuerdo, se reservan, se guardan en lo más íntimo de nuestras ideas, pero las sacamos a flote cuando no estamos en presencia del otro. ¡Vaya a dónde nos lleva esta “sociedad normalizada”!.

Finalmente, pienso que una sociedad de “anormales” posee elementos distintos e importantes que nos permiten la reacción crítica frente a la construcción de una sociedad caótica constituida por número grande de “cuerdos”. La “sociedad normalizada” no sólo ha reprimido la constitución de lo humano, que se expresa en el reconocimiento de los otros como distintos a mí,  sino también se manifiesta en discursos que controlan consciencias e inhiben las libertades.
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