Fisura vallenata

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com
Jorge Villalón es un brillante historiador chileno que gracias al dictador Augusto  Pinochet lo tenemos como profesor e investigador en una de las universidades de nuestra Costa Caribe. Villalón se matriculó en un curso de verano de la Universidad Popular de Berlín pero, como era un intérprete aficionado del acordeón y sabía de la bien ganada fama de los fabricantes alemanes, no quería regresarse sin traer uno nuevo a casa. Sin pensarlo dos veces, tomó un tren a Tressengen, ciudad alemana de unos 15.000 habitantes en donde está la Hohner, que fabrica los acordeones de todas las parrandas vallenatas.


Pues no le valió el esfuerzo ni la ansiedad durante el largo camino a Tressengen, porque de los acordeones que él buscaba ya no había. Hacía apenas una semana los empacaron para Colombia, “directamente para la población de Valledupar, donde unas personas, llamadas los acordeoneros, las arreglan y las ponen a sonar como a los acordeonistas más les gusta” (me gusta más lo de “acordeonistas” para los que lo tocan, aunque todavía en Valledupar insisten con lo de “acordeoneros”, como si a los pianistas y a los violinistas les pudiéramos decir pianeros o violineros)

Sospecho que la diferencia no es meramente gramatical. Tampoco responde a un capricho que hizo costumbre. Tiene raíces muy hondas y creo están relacionadas con el origen del vallenato: “...nació hace más de 200 años, cuando los campesinos de tierras sabaneras y playones empezaron a dar ritmo a sus cantos de vaqueira en donde contaban historias tradicionales y vivencias del día a día (...) sin tener mínimas bases musicales, los campesinos empezaron por curiosidad a tocar el acordeón, para darle ritmo musical a sus letras (...) con el correr del tiempo incorporaron los sonidos de otros instrumentos, mezclando tres culturas: la del acordeón europeo, la guacharaca indígena y la caja africana.”

Una historia escueta de leyenda, que incorpora en sus relatos el de Francisco “El Hombre”, que se enfrentó al mismo diablo con el acordeón. O sea, el vallenato se incubó y surgió del corazón de campesinos e indígenas de la provincia, que luego, bajo la inspiración de músicos empíricos y de escuela de la talla del Viejo Emiliano, Colacho Mendoza, Luis Enrique Martínez y Juancho Polo lo introdujeron en la sociedad de Valledupar, para que ésta lo elevara a la categoría de festival, tratando siempre de no permitir que desfalleciera la tradición. Tal vez esta sea la razón por la que el acordeonero, siguió siendo el acordeonero y no el acordeonista.

A Tirso Cabello, vallenato de pura cepa y conocedor del tema, le manifesté mi inquietud: “me llama la atención que los grandes eventos del Festival, en los que eligen a los reyes, son demasiado costosos, se hacen en recinto cerrado y con el fresco de la noche; mientras los eventos populares son gratis, pero en lugares abiertos, bajo la canícula y la lluvia, ¿por qué? Así es, me dijo, el Festival Vallenato, que hoy llega a su Décima Quinta versión, en su afán por garantizar la sostenibilidad del espectáculo sin profanar la tradición, se ha cargado en ocasiones más de un lado que del otro, intentando además de validarlo como Patrimonio Intangible de la Humanidad declarado por la Unesco, convertirlo en la Gran Fiesta Nacional.

Revivir la competencia, insistió Tirso, para estimular la mayor participación de los nativos vallenatos, convocar la elección del “Rey de Reyes”, integrando una plataforma de artistas profesionales, acordeonistas conocidos y experimentados, que heredaron el canto, la música y el estilo  de los juglares, es una forma de corregir los posibles vicios de  exclusión y marginamiento que tu señalas. Pueda ser.

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