El Caribe de nuestra muerte

Columnas de Opinión
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La dolorosa muerte del cantante vallenato Martin Elías en plena Semana Santa y, sobre todo, la ceremonia espiritual y musical que rodeó su sepelio, me hicieron recordar la relación mística que tiene mi tierra con la muerte.


El féretro encajonado en la mitad de la tarima del Parque de la Leyenda Vallenata era el escenario; centenares de amigos y familiares cercaban el ataúd del talentoso músico, todos le cantaban versos a ritmo de lágrimas, de viudas, de duelo y de gafas y vestidos negros. El público entero bañado en sentimientos de injusticia e incomprensión frente a la dramática voluntad de Dios. Las carcajadas eran de llanto y el cuerpo embalsamado del difunto era el centro de atención de las fotos, de los selfies, del Instagram y de la transmisión en vivo que hacía Telecaribe. Era el último concierto de Martín en el cual el pueblo desde las gradas del recinto gemía a su héroe frente al bello atardecer de la sierra. Martín, el humilde, el que se sentaba en los andenes a cantar, el que no paraba de sonreír, el amiguero, el heredero, se nos fue.

El fallecimiento del hombre -decía Michel Foucault- es como “una huella en la arena que borra la subida de la marea”. Así de perecederos y efímeros somos, pero mi pueblo Caribe siempre ha querido combatir la idea que la vida es finita. De ahí los cantos nostálgicos queriendo inmortalizar a los buenos amigos, a los Jaime Molina, de ahí las siete generaciones de los Buendía, de ahí la eterna repetición con el fin último de mantener el pasado en el presente.

Ante la ida de Martín, enseguida se afirmó la extraña coincidencia de su muerte con la de su tío. Se comenzó a decir que su muerte estaba predestinaba, que su historia genealógica estaba cantada, que todo lo heredaba del nombre de su tío y del afecto que tenía su Papá por él. Crónica de una muerte anunciada donde el relato comienza por el fin y la historia no es más que el futuro que todos ya conocemos. Los funerales de la Mama Grande por García Márquez o los funerales de Martín el Grande por Diomedes Díaz, esa es la cuestión macondiana.

El objetico es hacer de un suceso cotidiano de la vida -como es la muerte- un acto extraordinario o fantástico, como si fuera un envío mágico mandado desde el más allá para transmitirnos un encargo, como si fuera la muerte un trovador que cuenta una leyenda, un mensajero que viaja con el viento por la costa relatando fábulas y moralejas, como si todo fuera un vallenato melancólico de esos de antaño que vienen con caja, lloro, desconsuelo, existencialismo y guacharaca.

La vida de Martín en los tiempos del cólera donde la velocidad y el dinero parecen ser más importantes que la inmortal pasión por las corrientes del Magdalena donde “lo único que me duele de morir, es que no sea de amor”. En estas épocas festivaleras donde se acostumbra el amarillismo, en donde es permanente la exposición de la vida privada, es la muerte la última subida a la tarima, la última sociedad del espectáculo que habría que retransmitir para así eternizar el Caribe de nuestra muerte. @QuinteroOlmos


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