¡Carajo, qué calor!

Columnas de Opinión
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A un científico sueco (Svante Arrheneus) se le atribuye haberle hablado por primera al mundo por allá en 1896 acerca del impacto que los combustibles fósiles tendrían sobre el calentamiento de la tierra. Desde entonces, no ha parado el vertimiento de tinta sobre las toneladas de papel que soportan los análisis de los científicos y las innumerables advertencias que se nos hacen para que nos convirtamos en artífices individuales de la reducción del fenómeno “efecto invernadero” que nos está sancochando vivos.


Los mensajes en este sentido van y vienen de todas partes y no son nada halagadores. Coinciden muchos en ratificar lo que viene ocurriendo hace algunos años: “el desencadenamiento de catástrofes repentinas y el avistamiento de la desaparición de grandes franjas de territorio, que causará  enorme escasez de alimentos y agua, produciendo emigraciones masivas y guerras.” (Informe del Departamento de Defensa de Estados Unidos, 2004) Aunque parece que la avalancha de información nos avasalla, nos deprime y nos inmoviliza, este no es el final que queremos.

¡Qué calor tan insoportable!, repetimos una y otra vez desde que tenemos uso de razón. Es que los calores de hoy son más fuertes que los de ayer. Es que la temperatura pasó de 30 a 40º C en menos de veinte años. Es que el sol de antes no hacía tanto mal como el de ahora. En fin, nos lamentamos, nos quejamos, pero no actuamos. ¿Por qué será? Que es la falta de conciencia. Que el consumo desmedido. Que la ausencia de normas. Que la miseria y los bajos ingresos. Que es un problema cultural, ideológico o religioso. Quién sabe. Diferentes razones y ni una sola verdadera.

Que paguen las consecuencias del calentamiento quienes tienen mayores responsabilidades, “como una manera de compensar el daño ocasionado”, de acuerdo con disposiciones legales. O sea, los grandes, medianos y pequeños productores, la industria que transforma materia prima extraída de la naturaleza, de la tierra (el agua, el aire, el suelo, las plantas, los animales y minerales), en artículos de consumo y bienes de servicios. En menor escala, el comercio que se encarga de su distribución en los mercados, para terminar en el consumidor, que es el destinatario final de la cadena.

Un proceso cíclico que no se detiene, que se nutre irracionalmente de los recursos naturales hasta agotarlos, que no los renueva ni los conserva, que está basado en la existencia efímera de  unas supuestas necesidades humanas, que es codicioso, ambicioso y voraz, que es destructivo y nos mantiene a las puertas de la gran crisis, para la que ya no sirven los arreglos cosméticos sino las decisiones radicales que apunten a transformar el orden económico internacional, sustentado en la reformulación estructural de nuevos ordenes económicos locales.

Santa Marta, por ejemplo, está que arde. Los cerros tutelares lucen descapotados, el Manzanares y el Gaira secaron sus cauces, más del cincuenta por ciento de las playas de la bahía desaparecieron y el mar no tiene el brillo de la pureza, aguas servidas inundan calles del centro y cunden los malos olores, pocos árboles sombrean nuestros recorridos, casi no llueve, es escasa el agua tratada, el pavimento hierve y la gente se deshidrata como consecuencia del calentamiento global que avanza ante la somnolencia e insolvencia de la autoridad local que tiene muchos rostros: derrotismo, desmovilización, abulia, individualismo, autoritarismo y cinismo.


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