¡Y faltan Mocoas!

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Edgar Castro Castro

Edgar Castro Castro

Columna: Opinión

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Con ocasión de las desgracias ocurridas en Mocoa, y porque las situaciones siguen presentándose de igual manera en nuestro país, considero oportuno retrotraer en su mayor contenido la columna que escribí en mayo de 2015, con ocasión de los desastres en Salgar Antioquia, solo con el propósito de ahondar en consideraciones que llaman más a la prevención que a la cura en un país susceptible a la ocurrencia de desastres que tienen origen en fenómenos naturales.

Aunque en Colombia existe desde 1988 como organización consecuente el Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres, en la mayoría de los casos se ocupa de la última parte de su pomposo nombre; porque de las medidas precautelares, si se dan, se encuentran escritas y sin mayor aplicación.

Aquí corremos todos cuando se presenta una calamidad. Los ciudadanos mostramos nuestro sentido de solidaridad, los organismos de socorro dan el apoyo necesario, el gobierno saca a relucir sus mejores argumentos para ofrecer y dar las ayudas en la emergencia sufrida; y los aprovechados que actúan, a la mayor velocidad, pero para el beneficio propio.

Es cierto que hay algunas situaciones que no son fáciles de prever como el tema de los terremotos y, posiblemente, las instituciones, con funciones para dar pronósticos meteorológicos, no puedan tener en tiempo oportuno información para alertar sobre avalanchas, que ocurren por los excesivos volúmenes de lluvias que llegan hasta los estrechos cauces de quebradas, caños o riachuelos –verbi gracia lo sucedido en Salgar, Antioquia- y ahora en Mocoa. Pero, lo que sí se puede ver con anticipación, sin ser experto en la materia, son los asentamientos humanos que se encuentran en áreas que, por su ubicación, tienen alta sensibilidad a los peligros. Es casi una norma social que personas de escasos recursos, busquen en zonas, rurales o urbanas, sitios desocupados para instalar sus viviendas, donde más fácil les parece: laderas de cerros, orillas de ríos o arroyos y hasta debajo de puentes; y que ha sido un trillado tema por los estudiosos de la llamada Marginalidad Social.

Por obligación legal, todos los municipios deben incluir en sus planes el asunto de los riesgos, para organizar de forma anticipada las acciones que llevarán a cabo, sin las nerviosas carreras que se dan en medio de los desastres. Pero, no todos los municipios cumplen con lo regulado por la ley y muchos de los que lo contemplan, tienen los documentos empolvados en los anaqueles solo para mostrárselos, si son requeridos, a los organismos de control. Veamos que dice la CEPAL, en un estudio sobre Colombia: “Pocos municipios del país han llevado a cabo inventarios cuidadosos de las zonas de alto riesgo o han realizado estudios apropiados y compatibles para incorporar el riesgo en los planes de ordenamiento territorial, como lo establece la legislación vigente”.

Viendo de ese modo las cosas, en uso del principio de prevención, es mejor para los gobernantes de turno reubicar a todas las personas que tienen viviendas en zonas de alto riesgo y prestarle todas las ayudas que requieran, lo que se constituiría en una obra de mayor valoración, que esperar a que ocurran las tragedias para intervenir. Esto, me hace recordar la lógica con la que procedía Pacho Andrade, un campesino de Plato, quien en una ocasión, de visita en una finca, observó un pequeño niño que jugaba con un filoso cuchillo; y la madre, entretenida en sus quehaceres, le decía al infante que si se cortaba lo castigaba; a lo cual Pacho, haciendo gala de su infalible método, le espetó esta frase: “Señora, no será mejor reprenderlo antes de que se corte, y se evita la herida”.

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