Minca: ¿capital ecológica?

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com
Alguna vez, no hace mucho tiempo, se pensó que Minca sería la “capital ecológica de la Sierra Nevada de Santa Marta”, pero todo parece indicar que ese anhelo está a punto de desaparecer, aunque para quienes aman la naturaleza y creen en las potencialidades de nuestros recursos no quisieran que así fuera.
“Mientras haya vida hay esperanzas”, dice un viejo refrán.

Un samario, Antonio Santos Yanet, apenas 25 años atrás escribió en El Tiempo sobre Minca. Utilizó las sabias palabras de Clarita Barreto, maestra de escuela en este lugar: “...Minca existe pero no se conoce”, para mostrar la escases de turistas en esta ruta. Santos hablaba de un “turismo doméstico”, refriéndose a los visitantes que cada cuanto llegaban de otras ciudades del país y de la propia Santa Marta y, lo hacía, sin olvidar las “inmensas perspectivas” de este idílico paraje de ensueño, ahíto de exuberancia boscosa, mansos exponentes de la fauna silvestre y tímidos paisajes que asoman detrás de las densas neblinas.

Maestra y articulista abrigaban la esperanza de ver a Minca, algún día, atestada de turistas nacionales y extranjeros, extasiados con la colosal belleza de tantos atributos juntos y dispuestos con artificiosa imaginación, para disfrute nuestro. Y, por lo que le toca como parte de la Sierra Nevada de Santa Marta que es, declarada desde 1979 “Reserva de Biosfera y Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO, por ser el único complejo montañoso en el mundo aislado y tener su pico más alto (5.775 msnm) a sólo 42 kilómetros del mar.

Se les cumplió el deseo. Jamás lo habrían imaginado: Minca está atestada de turistas. Lo que realmente querían, en un acto de generoso desprendimiento, era compartir esa extraña belleza con la que la naturaleza misma los había premiado y justo era, pensaron, que la humanidad también la sintiera suya y aprendiera a amarla y a respetarla como ellos lo hacían.

No podíamos pedirles a Antonio y a Clarita que miraran las consecuencias que traería el vertiginoso crecimiento de turistas. Mucho menos acusarlos de irresponsables y espontáneos, incapaces de prever, de organizar y ordenar la casa para recibir a los invitados; ni de negarse a proveer y acondicionar los espacios necesarios para brindarles comodidad y seguridad durante su estancia; ni de no establecer unas reglas para impedir que la riqueza natural no sufra el desafuero de la ocupación; ni de adoptar medidas que ayuden a mantener el espacio público en buen estado siempre, haciendo respetar las zonas verdes y la circulación de la gente de a pie. Nada de eso podíamos pedirles a ellos. Debimos pedírselo a los alcaldes que desde entonces gobernaron a Santa Marta, sin percatarse de la existencia de Minca.

El estado de ostensible deterioro que hoy nos ofrece este hermoso paraje rural enclavado en la Sierra Nevada, nos llena de escepticismo con respeto a lo que se pueda hacer para salvarlo. Pareciera que todo está perdido. Que ya no hay nada que hacer. Pero los necios creemos que es hora de convocar a los residentes, a los propietarios, a los vecinos de Minca, para comenzar, por iniciativa propia, sin las autoridades, a reordenar su territorio, a iniciar el diseño de unas reglas de juego que permitan su uso y disfrute de una manera racional y equilibrada. Ojalá los líderes locales comiencen la tarea. Estamos a tiempo.