¿Nos gusta más la guerra?

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

e-mail: cecilia@cecilialopez.com

La depresión colectiva en que parece sumido el país, de acuerdo a las encuestas, deja en el aire una pregunta que amerita si no una respuesta, sí por lo menos unas cuantas hipótesis. 
No es normal esta reacción, como lo han anotado muchos analistas, cuando en medio de dificultades avanza el proceso que supuestamente era el sueño del país. Se trata nada menos de la concentración de los miembros de las Farc en sitios específicos del territorio nacional, la entrega de menores de edad, y el inicio del proceso de dejación de armas en manos de Naciones Unidas.

¿Por qué esto no genera sentimientos positivos entre nosotros?

 ¿No en la mayoría?

Cuatro hipótesis podrían plantearse, que ayudarían no solo a entender lo que sucede sino a pensar en el futuro. Primera hipótesis: el odio infinito a las Farc. No sin alguna razón, después de décadas de lucha armada, amplios sectores nacionales prefieren ver a los guerrilleros muertos que en conversaciones de paz. La reconciliación no forma parte de los valores nacionales y sigue viva la semilla de la guerra como parte de la  solución de muchos de nuestros problemas. 

La agresividad penetró definitivamente el alma de los colombianos, y por ello, se podría explicar parcialmente su poco entusiasmo frente al proceso de paz. Segunda hipótesis: la guerra ha sido un negocio. Desde tiempos remotos se ha afirmado que una de las dificultades para terminar una guerra es que esta se convierte en un negocio lucrativo para sectores importantes de la sociedad. 

Si a los colombianos les interesa más la destrucción del enemigo que la reconciliación, es obvio que venden más las malas noticias que aquellas que serán realmente positivas cuando se terminen los hechos que se registran en el momento.

A su vez, las crecientes demandas de un conflicto en términos de bienes y servicios son, sin duda, negocios para algunos. Tercera hipótesis: no sintieron la guerra; luego ignoran la posibilidad de la paz. Cuando se escuchan las conversaciones de algunos sectores en el país urbano, es evidente que muchos la minimizan frente a otros problemas del país y en general la ignoran.

Es de esperarse entonces, que frente al proceso de paz haya más desconfianza que entusiasmo. Cuando se les recuerdan las amenazas y tragedias que sufrieron algunas ciudades, se toman como hechos aislados, muy desafortunados pero nada más. Cuarta hipótesis: no sabemos vivir en paz. 

Para un país que ha enfrentado permanentemente la guerra, es difícil sacar de su alma la perversa idea de que solo las confrontaciones agresivas resuelven las diferencias definitivamente. Además, como esa sana política, espacio donde se dirimen pacíficamente las contradicciones de una sociedad, no existe en Colombia, nos acostumbramos a la guerra.

 Vale la pena en este caso traer una frase de Gandhi: “Si vamos a enseñar la verdadera paz en este mundo, y si vamos a llevar a cabo una verdadera guerra contra la guerra, vamos a tener que empezar con los niños.” Seguramente podrían plantearse muchas más hipótesis, pero estas cuatro dan suficientes elementos para entender qué tipo de acciones requiere esta sociedad para quitarse ese odio recalcitrante y aprender a reconciliarse; a convertir la paz en una ganancia para todos y por fin, aprender a vivir sin conflicto.

Pero más importante aún, que esos círculos privilegiados que se encierran en pequeños grupos, al final terminarán sufriendo las consecuencias de no resolver problemas que tomaron como ajenos. Definitivamente, no se ha hecho en el país una cultura para la paz y esta es sin duda responsabilidad del gobierno, pero también de los ciudadanos.

Como afirmó Gandhi, si no se empieza por los niños nada se logrará. Colombia, en ese sentido, está perdiendo generaciones de ciudadanos que han debido empezar a preparase para la paz desde tiempo atrás. Sin duda no es muy afortunado que este proceso de paz se está dando en la parte descendente del ciclo económico, que golpea el empleo y el ingreso de las familias.

Por ello, es fundamental que el sector rural —que ya tiene agenda— arranque de una vez, antes de inventarse de manera improvisada sectores que requieren mucha preparación, como el del turismo ecológico. Demasiado énfasis en la economía y poco en los otros grandes beneficios que traerá la paz, le está haciendo daño a esta etapa del proceso. 

¿Qué tal, por ejemplo, lograr ciudadanos menos agresivos, más productivos, con fe en el futuro, como uno de los subproductos de una sociedad sin guerra?

¿Cómo les parece la desaparición de esta clase política que tenemos y el surgimiento de partidos y líderes que sí entiendan lo que es la verdadera política?

¿Y qué tal una economía que no gasta recursos y energías en combatir guerrilleros, sino que pueda dedicarse a desarrollar equitativamente este país? 
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