Una historia sencilla

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com
Ocurrió hace cincuenta años en Taganga, corregimiento del Distrito Turístico, Cultural e Histórico de Santa Marta.
“...es un pueblo de pescadores que mira hacía donde el sol se oculta”, me dijo el estudiante de antropología de la Universidad Nacional que me acompañaba aquella tarde mientras caminábamos por los pliegues de arena húmeda de esa hermosa bahía. Pensé, es cierto, porque hacia donde nace el sol solo crecen trupillos, cactus y piedras. Los tagangueros tienen el más amplio horizonte ante sus ojos desde que amanece hasta que anochece. Su razón de existir está en las superficies que los extasían y en las profundidades del mar que los alimentan.

“Mira que este pueblo ha vivido de la misma manera siempre y no ha cambiado mucho sus formas de relacionarse, producir y soñar desde que las recibieron de sus ancestros.” Pero, ¿Cómo hacen para que el sistema y la ciudad no se lo trague?, pregunté con la mayor ingenuidad. “Ellos tienen su propia organización y, por decirlo de otra manera, tienen sus propias reglas y su propio gobierno”, me respondió. Espérate y te cuento: “La tierra que habitan y los recursos naturales que los rodean (playas, peces y cactus) no son de nadie en particular, son una propiedad colectiva como el aire que respiran, como el viento y el sol que les tuestan la piel. Para decidir qué hacer con ellos el año que viene, se reúnen en una asamblea general a la que asisten las personas a las que cada familia les delegó su poder. Van llegando y van contando sus destrezas y hazañas; hablan de cómo estuvo la pesca, de por qué salió más cojinoa que bonito y jurel y de cómo estuvieron las brisas hasta que finalmente, votan para asignar las playas a los grupos de pescadores y adjudicar, si hay solicitudes, un pedazo de tierra a quien las mayorías consideren ha contribuido con obras al bienestar de toda la población”.

“Estas decisiones, se toman con libertad y autonomía -continuó diciendo el estudiante- sin la interferencia de agentes externos ni autoridades municipales ni políticas. Sin amiguismos ni compadrazgos. Democráticamente. Al final, todos los participantes contentos se emborrachan y al amanecer se retiran a sus casas en santa paz con la idea de tener el siguiente como el año más productivo de su vida”.

“Desde muy de madrugada o tarde en las noches comienzan las faenas de pesca con anzuelos y chinchorros. Están listos los remeros, los vigías y los jaladores esperando con paciencia a que los peces caigan en las redes para atraerlos agonizantes y darlo a las mujeres que en poncheras los sacan a la plaza del mercado y los ofrecen en las calles de Santa Marta, gritando: que si llevo el pescado, bonito fresco y el jurel. Ellas, aunque no participaron en la actividad pesquera, si saben cuánto valen.

De haberse mantenido así hasta hoy, el conglomerado de Taganga y sus alrededores serían de un atractivo y prosperidad turística impresionantes. Pero, se perdió el encanto. Pudieron más la politiquería y la corrupción que el arraigo cultural, la identidad y la tradición. Ellas, abrieron las compuertas a los usurpadores de tierras, a los invasores nacionales y extranjeros, a narcotraficantes, maleantes y traquetos que trascurrieron frente a la mirada inerme de los tagangueros, que ahora esperan impacientes la intervención de alguna autoridad distrital que los ayude a reordenar su territorio con la participación de todos, como se hacía desde un principio.

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