De redentor a escollo

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

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Las excusas y explicaciones de los políticos, tanto como sus faltas, contribuyen con frecuencia a fortalecer el desprestigio del gremio.


François Fillon apareció en el firmamento del proceso político que busca elegir presidente de Francia como una estrella fulgurante en la que muchos pusieron sus esperanzas ante la decadencia del Partido Socialista, desgastado con el pobre quinquenio de François Hollande, y la amenaza del radicalismo de derecha extrema de Marine Le Pen. Bien que mal, el ex primer ministro logró sacar del camino a su antiguo jefe Nicolas Sarkozy, lo mismo que a Alan Juppe, dentro del propósito de inventar un candidato creíble que sirviera de alternativa de centro al mando de la cauda política heredera de Chirac, Giscard, Pompidou y De Gaulle.

Las críticas a su proyecto no pasaban de ser las que siempre se hacen a ese auténtico centro que, colmado de pragmatismo, mantiene elementos propios de las conquistas de la izquierda democrática, pero cuida particularmente a los empresarios, con su aureola de creadores de riqueza, que de paso les da licencia para enriquecerse lo más que puedan. Su marcha triunfal parecía haber alcanzado el ritmo suficiente para llegar a la segunda vuelta, al tenor de las encuestas, y derrotar allí, gracias al miedo que todavía despierta, aparentemente, el Frente Nacional, que bajo el mando de Le Pen traería una especie de “trumpización” segregacionista y anti islámica, capaz además de desactivar la contribución francesa, esencial para la vigencia de la Unión Europea.

La agudeza de la prensa independiente se manifestó de pronto con todo su poder para denunciar a Fillon por una serie de actuaciones que no solamente desdibujarían su imagen de “presidenciable” sino que afectarían enormemente las posibilidades de que su partido pase a la segunda ronda. Al mismo tiempo puso una vez más a prueba el talante de la clase política, al introducir al candidato en el dilema elemental de retirarse, como reconocimiento de su actuación indebida, o continuar, previa la aclaración de cada una de las acusaciones. Para sorpresa de los fieles seguidores de los principios republicanos, el candidato intentó una salida diferente.

La más sonada de las faltas atribuidas al antiguo primer ministro es la de haber tenido, aparentemente de manera ficticia, a su esposa galesa, Penélope, como asistente suya, y también de su suplente, en la Asamblea Nacional, a lo largo de varios años, con lo cual habría percibido una remuneración de más de medio millón de Euros. Hecho que no habría sido ilegal, salvo consideraciones de otra índole, si ella en efecto hubiera trabajado.

Pero esa no es la única traba para el candidato presidencial, que reconoció haber nombrado también a sus dos hijos, abogados, Charles y Marie, como “adjuntos” de su oficina de senador, con una remuneración cuantiosa, sin que las tareas cumplidas figuren dentro de las que son propias de los adjuntos de la oficina de un senador, como es el caso de la redacción de un libro y la preparación de su programa de candidato presidencial. Además se le acusó de “tráfico de influencias” en favor del magnate Marc Ladreit de Lacharriere, al hacerle otorgar la Gran Cruz de la Orden Nacional de la Legión de Honor, luego de que Penélope hubiera trabajado aparentemente por veinte meses en la Revista de Dos Mundos, empresa de Ladreit de Lacharriere, firmando bajo seudónimo. Y como si todo lo anterior fuera poco, se le acusó de desvío de fondos de su oficina parlamentaria y de conflicto de intereses al recibir remuneración por asesorías indebidas por parte de su oficina privada. Todavía está por probar todo ello, pero el golpe político a Fillon es una realidad.

Tras unos días de silencio el candidato optó por “huir hacia adelante” al reconocer que no había obrado bien, pedir excusas a los franceses, tocar los sentimientos de los buenos corazones al considerarse víctima de un apuñalamiento por parte de sus enemigos, que le habrían sometido a ocho días de horror, y afirmar que continuaría en la carrera presidencial, a la cual, dijo, había entrado para ganar. Así abandonó una tradición republicana según la cual ha debido más bien retirarse, para que ninguna duda sobre las actuaciones, ilegales o indebidas, ensombreciese el camino. Así pasó de ser un posible salvador de los partidos de centro, y eventualmente de la tradición democrática francesa, ante a la amenaza extremista, a convertirse en un obstáculo para el logro de esas metas.

Tal vez Fillon se salve por el momento y continúe como candidato de un partido herido y de una democracia que, con su insistencia en seguir en la carrera, recibe un golpe cuya gravedad se hará evidente más tarde. El tono y el contenido de sus explicaciones solo contribuyen, tanto como las faltas que reconoció, al desprestigio de la clase política. También enrarecen el clima de la vida pública en la medida que se convierten en precedente que, si bien puede concitar la compasión de su familia, sus amigos, y los militantes más radicales de su causa, invita a otros políticos a hacer lo propio, y a los ciudadanos a aceptarlo, en abandono de los pudores republicanos de otros tiempos. Ya veremos, a la hora de las votaciones, el veredicto de los actores de una de las democracias hasta ahora más respetadas y sólidas del mundo. Si es que su candidatura alcanza a llegar a esa instancia.
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