¿La mala hora?

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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

e-mail: cecilia@cecilialopez.com

Muchos colombianos pueden estar sintiendo que le llegó la ‘mala hora’ al país. Y no se trata de la tercera novela de García Márquez publicada en 1962, que con su inigualable estilo presenta un caso de violencia colectiva en “Macondo”. No, se trata de la corrupción en el manejo de los recursos del Estado por parte de una combinación perversa entre la política y el llamado sector privado, vinculada a la contratación pública. Pero contrario a esa idea podría pensarse todo lo contrario: los colombianos estamos en el proceso de tener una buena hora y obviamente esta idea merece una explicación.


En primer lugar, el proceso de paz en el cual un gran grupo nunca creyó e hizo lo posible por destruirlo, avanza en medio de dificultades y la desmovilización de las FARC, su entrega de las armas se acerca cada vez más a ser una realidad. Se suma que por fin el ELN entró en este proceso al iniciarse oficialmente en Ecuador, la negociación pública con el Gobierno. Estos hechos que parecían imposibles hoy existen, así este país emocional lo opaque ante el último escándalo de corrupción. Este gran logro es vulnerable y los ciudadanos de este país no pueden ser tan irresponsables de abandonarlo en este momento.

En segundo lugar, Odebrecht nos ha permitido confirmar lo que se quiso ignorar también por décadas: sectores importantes de las llamadas élites nacionales habían dejado atrás todo escrúpulo y se estaban robando el país. Cuánto hace que se dice que la clase política con pocas excepciones, es la causa de muchos de nuestros males, sin embargo, seguía siendo elegida por nosotros. Cuánto hace que se venía repitiendo que para bailar tango se necesitan dos y que era necesario mirar ese sector privado tan endiosado en nuestro país. Sin embargo, seguíamos admitiendo como un mal necesario, que las empresas e individuos ricos compraran políticos y funcionarios públicos para de nuevo robarse el país. Con el agravante que, gracias a esa corrupción, se ha plagado el territorio nacional, empezando por Bogotá, de obras inconclusas y pésimamente hechas. Pero estos individuos seguían llenando nuestros salones de la llamada “gente bien” y los que no participaban de esa fiesta, se hacían los locos. Denunciar era salirse de esas roscas.

Por los dos hechos expuestos, ¿no podría ser este el principio de la “Buena Hora de Colombia”? Nunca habíamos tenido tan cerca la capacidad de llegar a ser un país normal y por fin se ha desprestigiado totalmente con pruebas, esa clase política de quinta categoría que tenemos. Quedaran los buenos, que los hay, y no habrá disculpa posible para apoyar a los ladrones. Surgirá de nuevo el valor del control social hoy engavetado por miedo a asumir el costo de reprobar a una mayoría por su conducta. Si la fila la forman estos sujetos, salirse de ella por no estar de acuerdo cuesta y muchos lo sabemos.

Pero como la política es fundamental para que una sociedad funcione, se renovarán esos partidos decrépitos que tenemos. Saldrán los negociantes de este ejercicio; y sobre todo, volverán las ideas, las propuestas y no estos negocios infames que han sacrificado a millones de sectores de colombianos, al impedir que el Estado cumpla su obligación constitucional de responderles por sus derechos.

Para no caer en el romanticismo falta una etapa crucial. Primero, que el proceso de paz siga su ruta que solo será posible si nosotros dejamos de ignorarlo como si no fuera importante. Segundo, si la justicia logra lo verdaderamente significativo: La Verdad, con mayúscula, y no se cumpla algo que ya se siente en el ambiente: como todos somos corruptos, nadie es corrupto. Si estos dos hechos no se cumplen sí estaríamos irremediablemente en La Mala Hora del país.
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