Diplomacia digital

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

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Dinamarca es un ejemplo universal. La corrupción es casi inexistente, tiene un altísimo estándar de vida, y sus habitantes se sienten muy felices, según las encuestas: es uno de los mejores países para vivir, si no el mejor. Descendientes de vikingos, tienen la monarquía más antigua, transformada en parlamentaria desde hace siglo y medio; hoy está en cabeza de la reina Margarita II. Además de su altísima calidad y enfoque vanguardista, la educación danesa es gratuita hasta el nivel universitario con subsidios a los escolares; también, la atención sanitaria y la protección a los ancianos. Los salarios son los más altos del mundo; con desempleo mínimo y elevados impuestos, ese país es un inevitable referente como estado de bienestar. Paz casi absoluta, escasos conflictos, seguridad ciudadana, altos salarios emparejados con igualdad social, garantía de inclusión, libertad de expresión y respeto por los derechos, es el punto focal de las naciones más avanzadas. Más de un 55% de su energía es limpia, principalmente eólica (supera el 40%), y más del 55% de la gente se moviliza en bicicleta. Mejor panorama, imposible.


No contentos con tan maravillosa situación, los daneses inventan el futuro, ajustándose a las innovaciones permanentes en un mundo rápidamente cambiante. En ésta globalización, las relaciones diplomáticas actuales sobrepasan el tradicional y, a veces poco eficaz, esquema gobierno-gobierno para entrar en una intrincada red de negocios en donde la tecnología y los desarrollos llegan a cualquier rincón del orbe con impensados y novedosos productos, y trabajadores de cualquier procedencia: lo importante es su conocimiento, su aplicación y difusión. Ahora, las recepciones y las cumbres diplomáticas son apenas una parte de todo el tejemaneje actual de las relaciones internacionales. Van quedando atrás aquellos tiempos del cardenal Richelieu, sacoleva y cubilete, y los consejos de Maquiavelo; hoy se hace una diplomacia más complicada en un territorio virtual siguiendo las reglas de mercado, las legislaciones internacionales y las disposiciones de cada país.

En este nuevo escenario, Dinamarca nombró al primer embajador tecnológico de la historia: Anders Samuelsen. Considera el gobierno danés que es necesario establecer relaciones directas con actores como Google, Facebook o Alibaba, y con epicentros digitales como Silicon Valley o Shenzhen. Mientras muchos se preguntan si es necesario crear una cancillería para tratar únicamente estos temas, en Copenhague tienen clara la misión del nuevo funcionario: interacción directa con las empresas y enfoque en la tecnología y la digitalización; a fin de cuentas, los diplomáticos de todo el mundo trabajan diariamente en estos pero también en otros asuntos, y dispersan valiosos esfuerzos en la era de la economía digital.

Existe un antecedente. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos creó el “programa adjunto de ciencias”, perteneciente al Departamento de Estado, para explorar y vigilar el desarrollo de la tecnología nuclear y su impacto en las relaciones internacionales. El caso de Dinamarca tiene un nivel superior, pues el cargo reporta directamente al jefe de estado. Y es que las grandes empresas de tecnología tienen un peso financiero y mayor impacto en el mundo que muchas naciones. Por mencionar algo: el valor de Google en el mercado supera el PIB de Argentina. Apuntan los daneses a que varias de esas empresas se establezcan en su país, pues las herramientas digitales son fundamentales en el desarrollo de las naciones. Ellos quieren seguir a la vanguardia.

La diplomacia tradicional tiene como objetivos centrales representar, negociar, promover y proteger los intereses de los estados ante terceros. En el ámbito digital, esos intereses son supranacionales y corresponde repensar el modo de interactuar en ese entorno. La diplomacia digital actúa en “espacios virtuales”, ofrecidos por empresas privadas. Las plataformas digitales no están controladas por ningún gobierno, y resulta casi imposible hacerlo: la información, servidores, satélites, antenas, la red de computadores o los programas se encuentran repartidos por todo el planeta. De modo que, interactuar positiva y constructivamente con esas compañías es necesario.

La determinación de Copenhague es seguida con interés por otros países. Pero algunos observadores consideran nocivo equiparar compañías con naciones. De continuar la línea trazada por los daneses, muchos se subirán a ese tren. “El surgimiento de actores internacionales no estatales podría estar a la vuelta de la esquina”, predice el experto en diplomacia digital, Corneliu Bjola.
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