Trump: ¿el Gorbachov occidental?

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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

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Como van las cosas, la estructura del “bloque occidental” y la unidad misma de los Estados Unidos estarían en peligro bajo la presidencia de Donald Trump.


Un cuarto de siglo después de la disolución de Bloque Soviético, su contraparte, que se declaró vencedora de la Guerra Fría, está en peligro de correr la misma suerte. Los embates del nuevo presidente de los Estados Unidos en contra de la manera como está organizado el mundo, y contra la tradición reciente de gobierno de su país, deben ser entendidos como amenazas, no como simples muestras de la desmesura de un inexperto en política que parece divertirse con el poder que llegó a conseguir.

Al terminar la octava década del siglo pasado nadie habría apostado por la disolución de la Unión Soviética. Eran los días de Mijaíl Gorbachov, quien trató de enmendar los defectos que advirtió en el modelo político que presidía, mediante la introducción de cambios que, para su propia sorpresa, llevaron al desmonte del sistema y del andamiaje de alianzas, e imposiciones, internacionales que lo ayudaban a sostener.

Hace apenas una década, nadie habría apostado por la crisis profunda que para los Estados Unidos, y el mundo occidental, representan las decisiones de un lego en materia política que, con ínfulas de redentor, ofrece paradójicamente profundizar los destrozos de un capitalismo que dejó indefensas a las mayorías ciudadanas frente a la concentración del poder económico, mientras en el campo internacional se manifiesta en contra de la OTAN, lo mismo que de la existencia misma de la Unión Europea, de los acuerdos de seguridad con numerosos países, como Japón y Corea del Sur, y del modelo liberal de globalización.

Gorbachov no necesariamente quería disolver la Unión Soviética, sino que buscaba fortalecer la eficiencia de la economía y las condiciones de bienestar de sus ciudadanos, mediante la inclusión de nuevas dimensiones de libertades políticas. Para ello comenzó a tomar decisiones que se apartaban de la línea ortodoxa del Kremlin y de alguna manera abandonó la posición de privilegio, interna y externa, que le convertían en líder de medio mundo. Cuando se dio cuenta de que sus actuaciones habían desatado una marejada que no podía controlar, terminó por irse, dejando atrás el colapso del sistema político que presidía y el del segmento de mundo que había sido llamado a comandar.

Ocho días de gobierno han bastado para demostrar que al frente de los Estados Unidos, y del bloque internacional que encabeza la Casa Blanca, se encuentra una persona que de verdad considera que todo, dentro y fuera de su país, es un desastre, y que la fórmula mágica para salir de los problemas es el nacionalismo a ultranza, con cierre de fronteras, que llevaría a recuperar una supuesta grandeza que no sabe definir.

De manera similar a la del último líder soviético, Trump puede llegar a desatar con sus actuaciones la descomposición del mundo occidental contemporáneo, e inclusive la del pacto fundacional de los Estados Unidos. Por ahora, de cumplirse todo lo que propone, su país quedaría cada día más aislado, sin credibilidad ni opciones de ejercer liderazgo, y se multiplicarían, hasta hacerse difíciles de soportar, las proclamas de resistencia que ya pregonan gobernadores y organizaciones ciudadanas que en un futuro se pueden ver impelidas a replantear las condiciones del pacto federal entre medio centenar de Estados que hasta ahora se han mantenido unidos.

Nada tiene de raro que Trump no termine su periodo de gobierno. Gorbachov se cayó por darles nuevas libertades a sus conciudadanos y Trump se caería por quitárselas. El uno presenció la disolución de su Imperio por abrir a su país hacia el resto del mundo y el otro protagonizaría la disolución del suyo por cerrarlo. Por eso el primero ha pasado relativamente bien a la historia. Lo que los une, con un mar de diferencias de por medio, es su condición de agitadores de fuerzas que pueden llevar a la disolución de los pactos fundacionales de sus países y de sus alianzas internacionales, complementada por su incapacidad para plantear alternativas de solución a la crisis que desencadenan.

Afortunadamente en los Estados Unidos, a diferencia de la otrora Unión Soviética, existe un sistema de equilibrio de poderes que comenzará a ejercer su función moderadora para salvar todo aquello que sea rescatable de una tradición democrática que, a pesar de sus defectos, es preferible a los asomos de ligereza y arbitrariedad de alguien que todavía no distingue las características del manejo de los asuntos públicos de las de las empresas privadas de las que ha sido patrón indiscutible.

También existe en los Estados Unidos el potencial enorme de una ciudadanía comprometida con principios de libertad y de respeto por los derechos humanos. Ciudadanía que, inclusive en sectores que votaron por Trump, comienza a desarrollar una resistencia que hace recordar la historia de aquellos jóvenes campesinos del norte que trajeron un bisonte para que pusiera orden en una manada de vacas libertinas, pero al cabo de un tiempo, al ver la desolación que produjo, resolvieron ellos mismos devolverlo a su ambiente original, porque les resultaron inaceptables su comportamiento incomprensible, su lógica de fuerza bruta y su capacidad de destrucción.

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