Animales

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Font Size

Escrito por:

Andrés Quintero Olmos

Andrés Quintero Olmos

Columna: Pluma, sal y limón

e-mail: [email protected]

El último domingo tuve la oportunidad de asistir a la reapertura de las corridas de toros en Bogotá. Algunos me dirán que las corridas de toros son una salvajada y otros me dirán que es un arte. Yo respondería que son ambas cosas y que la tauromaquia es un duelo desigual entre dos seres igualmente violentos, el toro y el humano.


En cada creación humana hay algo de salvaje y hay algo de arte. A pesar de que seamos hombres racionales (aunque a veces lo dudo mucho), siempre hay un toque de instinto animal en nuestras decisiones cotidianas que nos hace definitivamente humanos, pero es algo que nos duele aceptar. Creemos, sobre todo cuando vivimos exclusivamente en los cascos urbanos, que somos una civilización fuera de toda crueldad animal. En las ciudades estamos totalmente desconectados de la realidad de nuestra dieta, creemos que las carnes que compramos a diario aterrizan milagrosamente en nuestro plato, ignorando qué animales y bajo qué condiciones fueron sacrificados para nuestro bienestar alimenticio. Sí, somos hipócritas, pero eso no es nuevo. Lo nuevo, y algo inédito en este mundo, es que los anti-taurinos tengan barras bravas, tan feroces que están dispuestas a matar a otros humanos que se atrevan a ir a espectáculos taurinos.

Cuando me bajé del taxi y comencé a caminar hacia la Plaza de toros, algunos ciudadanos protestaban pacíficamente contra las corridas. Válido. Otros, debo decir la mayoría que observé, nos gritaban -mientras ingresábamos a la Santamaría- “asesinos, asesinos, asesinos”, nos escupían encima y nos profesaban los peores insultos de esta vida (a Timochenko no lo recibirían así). Al terminar y salir del espectáculo taurino, nos tuvimos, yo y mis acompañantes, que refugiar en el Hotel Tequendama ante los supuestos manifestantes que ya habían pasado del insulto a la tirada de piedras. Fui testigo de cómo a una señora, ya de avanzada edad y aficionada a los toros, fue víctima de un ladrillazo que aterrizó directamente en su cabeza, abriéndole sustancialmente el cráneo.

Es debatible que las corridas de toros sean o no autorizados por las autoridades, es también debatible que los toros sean o no una expresión artística o una tortura animal. Todos podemos tener discrepancias frente al asunto de acuerdo con nuestra propia susceptibilidad o nuestro propio nivel de hipocresía, pero toda la discusión se aniquila cuando un bando le tira al otro proyectiles para herirle físicamente su opinión. Y ese el asunto de esta sociedad donde es mala la polarización porque simplemente hay intolerancia hacia las opiniones contrarias. Somos una sociedad de animales que nos hemos matado por siglos por ser conservadores o liberales, por ser de Santa Fe o de Millonarios, por ser de este barrio o del otro, etc. Somos animales con cédula de ciudadanía que excusamos con cualquier cosa nuestro verdadero instinto salvaje.

Esquirla para los animalistas: los desafío a hacer lo mismo que Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, que se puso el reto el año pasado de matar con sus propias manos cada animal que iba a consumir, con el fin de ser verdaderamente agradecido y responsable con los animales.