Piragüero a tu piragua

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com
El monumento a la Piragua en la intersección “José Benito Barros” de Santa Marta ha suscitado descontentos y protestas de parte de Katiuschka, Veruschka y Boris.
¿Del Kremlin?

No. Son hijos del compositor -como se hacía llamar- a cuya memoria quiso la señora Gobernadora del Magdalena rendir un homenaje. Tanta resonancia despertó mi curiosidad y provocó mi visita al lugar en donde “yace dormitando” la obra escultórica del artista plástico Guillermo Barreto.

Es la Piragua de Guillermo Barreto no la muy sonada y bailada de Guillermo Cubillos. No fue fácil llegar. Tuve que arriesgar y maromear para con golpes de mis manos hacer sonar la estructura corpórea de la estatua y saber de qué estaba hecha la embarcación y de qué material los doce bogas con la piel color majagua: pura lámina calibre 16, martillada y soldada, para que aguante las embestidas del sol, las fuertes brisas y la lluvia.

Pero, no puedo decir lo mismo de la tripulación a bordo y el único pasajero (o capitán, o el “temible Pedro Albundia”, o el mismísimo Guillermo Cubillos, no se sabe), maniquíes de vitrina, pintados a mano que no creo resistan la ventolera hasta el próximo Carnaval. Pero bueno, digamos que “los artistas son así”. Como los Pérez.

Leen las realidades a su manera y, sin ánimo tropelero contra la inspiración del escultor, quiero anotar que no importan los doce o trece maniquíes de plástico con sombreros de campesinos sinuanos y de paisano el otro, almidonados y lacados de pies a cabeza, inmóviles y reposados; lo que llama la atención es que sean figuras que no trasmiten la fuerza que les marca el paso con que navegaba la piragua que, “capoteando el vendaval se estremecía e impasible desafiaba la  tormenta”, mientras “un ejército de estrellas la seguía tachonándola de luz y de leyenda”.

Mejor dicho: una escultura -como diría cualquier crítico de arte- sin vida, sin movimiento, apagada, una pobre chalupa triste y sin nada de poesía y de arte, que era precisamente lo que más tenían las composiciones del maestro José Barros: poesía y arte.

 Los más de 700 temas registrados con su nombre antes de morir; a quien Agustín Lara distinguiera como “el mejor de Latinoamérica”; versátil autor de un sinnúmero de cumbias, vallenatos, porros, tangos, boleros, currulaos y rancheras que todavía suenan para deleitarnos; el más ilustrado de los músicos colombianos para Juan Gossaín y el más estricto en el uso del lenguaje y el más auténtico para Gabriel García Márquez; que logró que nuestra cultura traspasará las fronteras de la geografía y del tiempo; obviamente merecía un homenaje, un gran homenaje, un gran monumento que se convirtiera en un lugar sustituto para el duelo y para el rito, imprescindibles para reescribir su historia que, cuando solo han pasado cien años de haber nacido en El Banco, Magdalena, ya se comienza a desvanecerse en la memoria.

 Es lo que el monumento a José Benito Barros debió representar. Yo creo que ni siquiera se acerca. Pero, ustedes también podrán verificarlo, acérquense con mucho cuidado no los vaya a atropellar un carro, tóquenlo, recórranlo con sus manos, pálpenlo antes que se nos vuelva invisible a los ojos y entonces, digan si el tributo rendido a ese personaje tan querido perdurará tanto como lo hicieron sus canciones y no que ya “no cruje el maderamen en el agua y solo quedan los recuerdos en la arena