Empresarios: su mundo feliz

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Font Size

Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

e-mail: cecilia@cecilialopez.com

Cuál es el mundo ideal para los empresarios en general, pero para los empresarios colombianos en particular. En primer lugar, uno en el cual no tengan que pagar impuestos. Y esto sorprende cada día más porque se trata de personas, más hombres que mujeres, que viajan permanentemente y entienden mejor que nadie, las necesidades de los países. Tienen que conocerlas para vender sus productos. Pero no hay forma de convencerlos que si quieren que sus empresas paguen menos tributos, los individuos y familias ricas, dueñas de las empresas, tienen que contribuir al Fisco.


No hay otra forma de financiar un Estado que, siguiendo los lineamientos de los organismos multilaterales controlados por países desarrollados, vendió al sector privado todas sus empresas muchas de ellas poco rentables, pero otras que sí eran una fuente de financiación del gasto público. Pero precisamente los empresarios que prácticamente no se bajan de un avión, conocen países como Noruega, por ejemplo, donde son las personas las que tienen una carga inmensa de impuestos, precisamente para que sus empresas sean competitivas y el Estado sí pueda financiarse. Es cierto que el gasto público allí, se vive y se siente lo que aquí aún está lejos de suceder. Pero se debe empezar por pagar impuestos entre otras para tener la autoridad moral de exigirle al Estado eficiencia y sobre todo, transparencia.

Ahora, la otra cara de la moneda que hace feliz a los empresarios es no pagar los salarios que toca y esto no se aplica a sus altos directivos porque entonces no hay forma de retenerlos. Entonces son los empleados más pobres los que sí tienen que vivir con el argumento de que su alza en salarios genera inflación en la economía, que es el impuesto más alto que pagan los pobres. Pero se les olvida que precisamente ese salario bajo es el que se convierte no en ahorro— que sería el mundo feliz para los asalariados pobres— sino en demanda por sus propios productos.

Pero no hay forma de que lo entiendan los señores representados por la Andi, Fenalco y otros gremios que tienen la voz de los más grandes de sus sectores. Sin duda, con algunas excepciones. La muestra de esta lucha entre David y Goliat, es la negociación del salario mínimo. ¡Qué farsa! Cada año se repite lo mismo y ahora los empresarios ofrecen 5 pesos de más y los sindicatos que se saben de memoria los argumentos empresariales, no hacen nada por tumbarles sus eternas tesis. Dónde están los estudios que prueban que los incrementos del salario mínimo por encima de la inflación generan desempleo o más empleo informal. Y donde están los trabajos de investigación que demuestran que si se baja el crecimiento de los salarios se genera más empleo formal. Para eso sí no hay dinero ni de los gremios de la producción ni de los sindicatos. Siguen entonces unas discusiones donde los trabajadores piden demasiado y los empresarios muestran claramente su mezquindad. Termina entonces el Gobierno, como siempre, asumiendo la fijación del salario mínimo asumiendo los costos del mismo y los empresarios se lavan olímpicamente las manos. Es decir, el Gobierno se ve obligado a hacerles la tarea a empresarios y trabajadores y todos quedan furiosos. Nadie les cobra la farsa de la negociación anual del salario mínimo.

Lástima que las lecciones se aprenden generalmente demasiado tarde, pero los primeros que debían impulsar estudios sobre el comportamiento del empleo y el salario mínimo deberían ser los funcionarios públicos, en vez de estar financiando a los que no toca con el Sisbén. Menos mal que esa guachafita de burlarse del Estado se va a acabar gracias a la terquedad del director de Planeación, Simón Gaviria, que no ha logrado el respaldo que debería para esa tarea descomunal. Pero señores empresarios: ya es hora de que se bajen de esa nube. Ese mundo feliz que añoran sencillamente no es posible y más aún, no existe en ninguna parte donde se genere progreso.