Arquitectos de miserias

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com

Rousseau pensaba que el hombre nacía bueno pero la sociedad lo corrompía. Hobbes pensaba que el hombre era un lobo para el hombre, es decir, malo por naturaleza. Ambos justificaban así la existencia del estado y de un pacto social.


Considero que el hombre no es bueno ni malo. Si fuera bueno, las leyes serían innecesarias, y si fuera malo, serían inútiles. Solo existen hombres que actúan bien o mal. Esto para decir, que todos, absolutamente todos, somos capaces de cometer actos heroicos y actos monstruosos y abominables. Ante las mismas circunstancias unos harán el bien y otros el mal. Para poder actuar bien o mal se necesita por lo menos otro ser humano.

Nuestras ciudades modernas se han convertido en la antítesis de lo que fueron en sus orígenes. Ya no son sitios seguros para los asociados sino que cada vez estamos más expuestos a que nuestros semejantes nos dañen, y entre mayor el número de habitantes, mayor el peligro; a punto tal, que la analogía de las ciudades como selvas de cemento es bastante acertada.

Las ciudades hoy son la sumatoria de excesos de libertades individuales y desórdenes mentales y emocionales; son construcciones sociales ideales para que confluyan y colisionen las miserias humanas, muchas veces con consecuencias monstruosas. En el mismo espacio y tiempo confluyen el político corrupto y la ignorancia y pobreza de un pueblo para dejarnos un saldo de más de 64 niños Wayuu muertos de hambre, o confluyen un drogadicto de la calle y algunas mujeres, y entonces tenemos un Monstruo de Monserrate, o se estrella la miseria de un drogadicto pudiente, un tal Uribe Noguera, con la de una niña de siete años, y tenemos un acto de maldad que horroriza.

Como todos, mi primera reacción fue querer que Uribe Noguera pagara con su vida, bien sea pena de muerte o cadena perpetua. Después de meditarlo, caí en cuenta que Uribe Noguera no es malo, simplemente cometió una monstruosidad. Todos somos potencialmente capaces de lo mismo o cosas peores, a pesar de creernos muy santos. El Yo y mis circunstancias – de Ortega y Gasset- me despertó a la realidad de que las circunstancias, cuando son construcciones sociales equivocadas, son las que colocan en curso de colisión las miserias humanas del Yo.

Si queremos que hechos como estos no se repitan, tenemos que trabajar en la prevención, en orientar las construcciones sociales para que las circunstancias que confrontamos no nos lleven a sacar el lobo feroz que vive dentro de nosotros. Las construcciones comienzan en la familia, moldeando el contexto para formar personas con valores sanos y emocional e intelectualmente equilibradas.

El único propósito de la supra estructura, para utilizar terminología marxista –leyes, religión, estado, etc- es lograr que los seres humanos naveguemos con éxito las aguas turbulentas de nuestra antitética dualidad intrínseca, y que en la mayor parte de nuestras interacciones humanas tratemos de hacer el bien que no queremos y evitar el mal que queremos.

Todos somos arquitectos en mayor o menor medida de la supra estructura en la que nos desenvolvemos, y por tanto la prevención nos corresponde a todos. Para prevenir y volver a tener ciudades vivibles, tenemos que rediseñar las circunstancias para que cambien los muchos yos que se mueven en sus orbitas.

Visto con los ojos de Dios –como si esto fuera posible-, de esta tragedia puede salir algo positivo. Ojala el asesino tenga una conversión profunda. Por ejemplo, el asesino de Santa María Goretti –les recomiendo leer su historia-, ya hombre libre, pasó sus días cuidando a la madre de su víctima. Prefiero pensar que el martirio de Yuliana servirá para la redención y la salvación de su asesino. Inmerecida e injusta -a los ojos de los hombres- ofrenda de misericordia tan grande, pero ¿acaso no hubo Uno que dio su vida por todos nosotros sin que lo mereciéramos?

Atrevámonos a construir una mejor sociedad, y dejemos de escondernos hipócritamente tras olas de indignación pasajeras ante hechos consumados. ¿Qué va a hacer para que su hijo no sea el próximo Uribe Noguera o su hija la próxima Yuliana?
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