La desgracia de la riqueza repentina

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

La ilusión de obtener enormes fortunas con un golpe de suerte (una lotería o una herencia millonaria, por ejemplo) siempre nos ronda en la cabeza. Esperamos “salir de pobres” en el siguiente sorteo de la lotería o ideamos negocios magníficos que rápidamente nos harán ricos. ¿Qué pasaría si usted obtiene súbitamente un capital enorme? ¿Pagar deudas, viajar a todo lujo, adquirir propiedades, estrenar carro, dejar el actual trabajo y montar un negocio o invertir en la bolsa, patrocinar una fundación? Hay miles de ideas y de ilusiones; planes y proyectos, muy pocos. La diosa fortuna es caprichosa e impredecible.


Ganarse una gran lotería casi nunca es lo más favorable. Juan Buchaar fue un simpático personaje caribeño que en 2002 ganó un premio neto de $2800 millones. Diez meses después, no le quedaba un peso: pagó deudas, les dio a sus hijos carro, apartamento y algún dinero, hizo obras de caridad por doquier, “prestó” plata que nunca le iban a pagar, adquirió bienes y propiedades, y pagó tratamientos contra el cáncer a dos familiares cercanos y otro para él mismo. Terminó endeudado, pero feliz y sin cinco. La historia de “Juancho Baloto” (como cariñosamente le decían) es diferente a la de muchos millonarios repentinos, a quienes la felicidad jamás les llega. Algunos enloquecen (tanto figurada como literalmente), hacen malos negocios, llevan vidas descarriadas y, después del consabido derroche, terminan peor que antes; unos pocos logran invertir debidamente y multiplican sus tesoros.

El croata Frano Selak tuvo varios encuentros con la muerte que evitó con fortuna antes de ganar un millón de dólares. Derek Lander, un desmemoriado inglés, jugó dos veces el mismo número en el mismo sorteo y obtuvo 1300 millones de dólares por cada boleto; hoy puede disfrutar de una buena jubilación. Algunos ganan por constancia, como Juancho Buchaar que siempre apostaba a los mismos números –ganó más de una lotería-, y otros por inspiración, como María Wollens, en Toronto, quien soñó con unos números, dos veces ganadores de premios gordos por allá en 2006.

Hay historias terribles como la de William Post en Pensilvania, quien ganó una jugosa lotería: su hermano contrató un sicario para quedarse con la fortuna, la novia lo demandó y la familia lo llevó a la bancarrota. Terminó en la cárcel por dispararle a un intenso acreedor, y murió en la indigencia, algo común a muchos millonarios repentinos. Las empresas de lotería de grandes premios tienen previsto entregar los premios fraccionadamente durante varios años, asesorar financieramente y sicológicamente a los ganadores, y manejarles responsablemente el dinero.

Dicen que la tos, el amor y el dinero son imposibles de ocultar. Entonces, ¿cómo esconder esas súbitas fortunas?, se preguntan los favorecidos. Arnim Randass, mecánico del aeropuerto de Miami, y otros 17 compañeros, ganaron un millón de dólares con la Lotería de la Florida. Randass no le dijo nada a su esposa, la exreina de belleza de Trinidad y Tobago Donna Campbell. Ella terminó descubriéndolo, lo demandó, pero el nuevo rico desapareció junto con su dinero, y la demanda de divorcio quedó en suspenso.

El pasaporte a la riqueza inesperada trae dolorosas secuelas personales, familiares y sociales de impredecibles y difíciles consecuencias: separaciones y divorcios, aislamiento de algunas amistades y acercamiento de otras, crisis de identidad y otras cuantas manifestaciones que conforman el “síndrome de la riqueza súbita”, con grandes impactos sicológicos, según Stephen Goldbart. No estamos preparados para el cambio repentino: familiares inmiscuidos en el manejo del dinero, gasto desmesurado, la desconexión de la vida y la gente de siempre o el cambio de prioridades, además de la natural desconfianza son experiencias perturbadoras. “¿Dónde estaban todos cuando yo trabajaba duro sin mayor retribución?”, se preguntan los afortunados. Ahora es difícil saber quién es un amigo real y quien un aprovechado. El mundo se achica y las nuevas amistades tienen una situación financiera similar. Dicen que a mayor edad, menos propensión a estos cambios.

Yo, por mi parte, no juego lotería, por lo tanto estoy inmune a semejantes problemas. Pero, un dinero extra imprevisto no me vendría nada mal, como a Juancho Baloto. Debemos estar preparados para el éxito en nuestras actividades, y para la suerte repentina: un proyecto de vida bien estructurado. ¿Lo está usted?

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