El planeta se defiende

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

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Para muchos japoneses, las alarmas que anunciaban de un terremoto en Ishihara y Sendai pudieron tomarse como una más de las muchas que a menudo suceden, varias de ellas indicativas de serio peligro inminente; la mayoría, anodinas, pero con el cuidado que hay que ponerles. El tsunami gigantesco era una ominosa señal de una sorpresiva tragedia que sacudiría irremediablemente al país nipón, como consecuencia de uno de los sismos de mayor intensidad y perjuicios en su historia. De inmediato vino a la memoria colectiva aquel diciembre de 2004: el Océano Índico cobró más de 230.00 vidas humanas a través de un maremoto originado en un temblor de una magnitud superior a 9 grados. Dicen expertos que ha sido el de mayor energía del que se tenga noticia en la historia de la humanidad.

¿Está sucediendo algo extraordinario, o sólo es la historia natural de la tierra? Es una pregunta que genera profundos debates entre quienes creen que es apenas la evolución natural de la geología planetaria y quienes afirman que la tierra responde al trato que se le da. Más allá de quien tiene la razón, ambas situaciones parecen darse simultáneamente y potenciarse entre sí, la primera agravada quizás por la segunda, esto es, el asentamiento de placas tectónicas con el continuo maltrato al medio ambiente por parte del ser humano, el mayor depredador que la historia conozca.

No hay duda de que la ciencia moderna ha cambiado para siempre la evolución de las especies, situando al hombre por encima de casi todas y en peligro a la flora y fauna planetaria. A manera de ejemplo, la expectativa de vida se ha duplicado a partir del siglo XX, en la que justamente los desarrollos permitieron controlar enfermedades y plagas; mejoró el bienestar de las gentes y el conocimiento se incrementó como nunca. La contracara ha sido el empleo masivo de combustibles fósiles para generar energía, agentes físicos y químicos de alto poder destructivo, el crecimiento geométrico y el envejecimiento de la población mundial, la aparición de nuevas y graves enfermedades, exigencias de consumo masivo y muchos otros factores que van en detrimento del ser humano y de todo cuanto lo rodea. Un modulador importante, por desgracia, ha sido el factor bélico. Algunos analistas afirman que, en épocas de superpoblación, las guerras y las pestes permiten controlar la cantidad de gente y el acceso a los alimentos, como sucedió a través de la historia hasta los inicios del siglo pasado, cuando los avances en salud pública permitieron el crecimiento exponencial de la esperanza de vida al nacer.

Una explicación científica de todos estos destructivos acontecimientos se puede encontrar en la Hipótesis de Gaia. Lovelock, basado en la segunda ley de la termodinámica (entropía), postuló que nuestro planeta es un sistema cibernético que involucra a la biosfera, los océanos y la tierra, el cual se retroalimenta a sí mismo cuando cambian ciertas variables en procura de un entorno físico y químico óptimo. Ello presupone que en este sistema existe el control permanente de la temperatura global, la composición atmosférica y la salinidad oceánica en rangos determinados. En otras palabras, la Tierra se comporta como un organismo vivo. Profundizando conceptos, encontramos de vital importancia el comportamiento y aporte de la comunidad ecológica (bioscenosis, como la denominó Möbius), en la cual todas las especies interactúan guardando un equilibrio entre todas ellas bajo la influencia de factores físicos como la luz, la temperatura y la humedad, entre otros. Cuando se altera, ocurren tragedias ecológicas que en ocasiones cambian definitivamente la historia de esas especies, algo que Darwin visualizó en otro contexto.

En todo caso, no cabe la menor duda que el ser humano camina raudo hacia su autodestrucción gracias al irrespeto por el entorno y por las comunidades de las que hace parte y con las cuales interactúa. Cada año desaparecen especies y muchas quedan en riesgos de extinción, gracias a la degradación del hábitat, la depredación, la competición y las enfermedades; el ser humano es responsable de todo esto, al menos en buena parte. De no detenerse pronto todo este daño, y no parece que suceda así, vendrán deshielos acelerados (los polos se están derritiendo y los páramos perpetuos desaparecen a grandes pasos) con aumentos importantes del nivel del mar, tormentas, grandes lluvias y, consecuentemente, migraciones de gente, pestes y enfermedades, conflictos armados, y un sinfín de situaciones imposibles de controlar. No corresponde esto a designios divinos: es la simple respuesta de la Tierra a su agresor como un mecanismo de autocontrol de las condiciones que debe tener el planeta para sobrevivir.

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