Demagógica arrogancia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Andrés Quintero Olmos

Andrés Quintero Olmos

Columna: Pluma, sal y limón

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Cada vez me doy más cuenta de que el problema de la democracia no es el nivel de ignorancia política de los votantes, sino la falta de humildad de los que supuestamente no son ignorantes a la hora de convencer.


Trump ganó la Presidencia de los Estados Unidos. En los próximos días podrán leer miles de artículos y opiniones en los grandes medios nacionales e internacionales, queriendo explicar desde la postura de la demagogia el porqué de esta victoria. La reacción es natural y deriva de un soberbio miedo que el autor Nicolás Gómez Dávila explicó de esta manera: “Demagogiaes la palabra que emplean los demócratas cuando la democracia les asusta”.

La democracia no está en crisis, como algunos están queriendo pontificar por todos lados. Al contrario, el poder del pueblo parece desprenderse cada vez más de la prensa, de las encuestas y de la opinión de las élites económicas y académicas. No es porque vence el otro candidato, el que no me gusta, que la democracia no funciona. Lo que justamente ha venido siendo derrotado es ese peligroso pensamiento, con tufillo de superioridad moral e intelectual, que pregona el unanimismo.

Gran parte de este fenómeno se reduce a que la población más educada de nuestras sociedades, la que supuestamente es más capaz que el resto, se está volviendo progresivamente más arrogante e intolerante a las opiniones contrarias. Nuestras élites intelectuales dudan cada vez menos de sí mismos, siendo un círculo vicioso de estancamiento mental, porque ya no se trata de entender al otro que piensa diferente sino de calificarlo de “estúpido” de manera condescendiente, fracturando aún más las sociedades. Prueba de esto es que el votante ahora se discrimina más y más entre lo urbano y lo rural, entre los más formados y los que menos lo son.

Los grandes medios han sido los grandes perdedores de este año electoral. Y la razón es perceptible: se han dedicado más a imponer su propia opinión (lo que hoy llaman línea editorial) que a informar imparcialmente a su público. Así pasó en el Brexit cuando muchos criticaron a la BBC por ser el único medio en querer presentar equilibradamente a las diferentes partes del debate. Los que querían permanecer en la UE decían que el otro era obviamente un “idiota” y que no se le debía dar ninguna visibilidad mediática. Y ya ven el resultado: un total rechazo a través de un voto decidido y antiestablecimiento.

El facilismo sería despotricar sin querer comprender la fracturación social. Lo cómodo sería reducir todo a una única cuestión de populismo, xenofobia o racismo, sin querer destacar que el fenómeno Trump es también un voto de sanción y rebeldía en contra de la hegemonía de los biempensantes y de lo políticamente correcto, que ayer eran encarnados por los arcaicos conservadores y hoy –increíblemente- son personificados por los altaneros progresistas.

Última palabra: lo peor que pueda hacer Trump es reducir las energías renovables y reconsiderar la firma y ratificación de los acuerdos climáticos de París.

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