A meditar

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Andrés Quintero Olmos

Andrés Quintero Olmos

Columna: Pluma, sal y limón

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Me equivoqué: nunca pensé que algún día las Farc pedirían perdón a sus víctimas como lo hizo Timochenko durante la histórica firma del acuerdo. No reconocer que esto sea positivo para el país sería desconocer lo trascendental que es para las víctimas este tipo de declaraciones.

Qué lástima que este “perdón” no haya quedado plasmado en el acuerdo, lo cual deja un sinsabor. De manera general, que se desmovilicen 8 mil personas y que desaparezca las Farc como guerrilla es algo destacable que hay que atribuirle objetivamente a Santos.


Pero así como aplaudo por un lado, por otro lado me preocupo con el contenido del acuerdo:

1. La justicia se revoluciona: una nueva jurisdicción se crea (la JEP), integrándose al bloque de constitucionalidad mediante un cuestionable subterfugio de derecho internacional. Este tribunal tendrá poder de juzgar a cualquier persona que tenga relación directa o indirecta con el conflicto por encima de las otras jurisdicciones sin límite de tiempo alguno y sin claridad sobre el derecho que aplicará (¿quid del principio de legalidad?). También podrá reabrir los casos previamente juzgados a pesar de los principios de cosa juzgada, non bis in ídem y seguridad jurídica. Esta jurisdicción será nuestro nuevo tribunal de cierre y la historia recordará en unos años que fue creada por y para las Farc.

2. Las reglas penales cambian: se suavizan las sanciones para los delitos de lesa humanidad suprimiendo las penas carcelarias (si hay verdad), se cancela la extradición para las Farc, se suprime la real responsabilidad penal de mando y se acepta al narcotráfico como conexo al delito político (¿cuántos colombianos murieron para que esto nunca sucediera?). En la práctica, y esto es más grave, se institucionaliza cada vez más la desigualdad penal según la causa de perpetuación: un homicidio aislado será mayormente castigado que los asesinatos masivos realizados en estado de rebelión política. Ante estos beneficios, naturalmente los jefes paramilitares piden vincularse al proceso.

3. La democracia se aminora: Independientemente de que sea positivo o negativo, parte de la política agraria de los futuros años de Colombia se negoció con las Farc y ya está predeterminada para los próximos gobiernos. Igualmente, se negociaron las reglas democráticas: se formalizó el subsidio electoral para las guerrillas en pro de su desarme; las Farc tendrán derecho a un mínimo de sillas parlamentarias (10-26) y recibirán una monstruosa financiación pública para sus campañas, lo cual restringe el derecho a elegir y desiguala el derecho a ser elegido.

4. El amañado plebiscito: en Macondo se firma el acuerdo antes de que el pueblo lo apruebe, influenciando aún más el resultado hacia el sí a pocos días del sufragio, y todo el mundo callado porque el fin justifica los medios. Ya Santos anda comprando votos descaradamente en Barranquilla, prometiendo presupuesto a cambio de estos. Señor presidente, la paz debería venderse por sí sola, deje de constreñir e inundar de propaganda al elector.

¡Qué falta nos hace un verdadero Nelson Mandela! A meditar.
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