El famoso plebiscito

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Escrito por:

Andrés Lafaurie Bornacelli

Andrés Lafaurie Bornacelli

Columna: Opinión

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En los últimos días de lo único de lo que se ha hablado ha sido del plebiscito, de la firma del acuerdo en Cartagena y de la inmensa polarización entre los seguidores del sí y los seguidores del no.

Si bien es cierto que dentro de una sociedad libre todos tienen derecho a opinar, no es menos cierto que existe una desproporción entre los recursos y el aparato de publicidad que ostentan los seguidores del sí (en manos del Gobierno), sobre los seguidores del no. No se trata aquí solamente de dinero, que sí es importante, sino del aprovechamiento de la posición dominante del Estado, algo muy similar al denominado “temor reverencial” y que se presenta cuando, desde el mismo Presidente de la República hasta un cargo de dirección en la Alcaldía de un pequeño municipio de Colombia, se llama a la ciudadanía a votar por el sí, lo cual indudablemente podría causar un temor sobre las consecuencias que pudieran acarrear contrariar a los “superiores”.

Un momento, con esto no estoy afirmando que se esté constriñendo al elector, solo que sería muy ingenuo pensar que, en efecto, no existen presiones de ningún sector político en el aparato estatal.

Aquellos que apoyan el sí, tienen inmensidades de argumentos para apoyar su voto, así como también los tienen los defensores del no. No es imperativo ser un conocedor de política, leyes o ciencia para creer que cierta posición pudiera ser más válida que la otra; la decisión de su voto es algo que corresponde única y exclusivamente a su esfera personal y no puede, ni debe ser trasgredida por nadie, incluso ni por el Presidente de la República.

Es absurdo y un insulto a la inteligencia del pueblo pretender señalar que todos los que votarán por el no son uribistas, que quieren la guerra o que son paramilitares. Así como también resultaría injusto e ilógico señalar que quienes votarán por el sí son enmermelados, vendidos o incluso castro-chavistas.

Desde el no, con sus particulares y justas razones, señalan que, en efecto, de ganar el sí, ello no conllevaría inexorablemente a una paz, y mucho menos una estable y duradera. Además, que se estaría premiando a las Farc, que se garantizaría una impunidad casi absoluta y que se arrodillaría el Estado ante un grupo terrorista.

Desde el sí impulsan una visión, para muchos demasiado utópica, para otros estrictamente realista de lo que se podría hacer sin invertir tantos recursos en la guerra, de las vidas de soldados y campesinos que se salvarían, de mostrarle al país el acuerdo como una victoria sobre los terroristas y atrayendo inversión extranjera encaminada a asegurar un mejor futuro para las próximas generaciones. Argumentos muy válidos y completamente dignos de apoyo de los colombianos que así lo estimen.

Todas esas posiciones son respetables y deben ser tratadas como tal. Desde el sí señalan que por no haber cárcel efectiva no implica impunidad y que, por el contrario, se estaría garantizando que todos los guerrilleros de las Farc cumplirán con la verdad, la justicia y la reparación a las víctimas; desde el no se plantean, que resulta particularmente extraño que muchos de los que aseguraban que a las AUC se les estaba premiando y dando impunidad con penas de cinco a ocho años de cárcel y muchos jefes con extradición, ahora aseguren que este acuerdo es mejor que aquel, olvidándose así que ambos grupos sembraron terror, masacraron, secuestraron, violaron y acabaron con la vida de miles de compatriotas, y les plantean ¿Por qué darle un trato preferencial a las Farc? ¿Ahora justicia y paz sí es un castigo y no un premio?

El llamado es sin duda a votar, votar a conciencia, votar informado, votar por el sí o por el no, pero votar. Siendo una sociedad democrática y dentro de un Estado social de derecho, lo verdaderamente importante es ejercer activamente el derecho al voto. Esto, con el único propósito de ser parte de una de las decisiones más importantes en las que el elector colombiano ha podido estar envuelto.

¡Feliz martes!

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