Motivos para un voto

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

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Paradójica nación es Colombia: sumida en numerosas guerras civiles nacionales y otras cuantas de nivel regional desde que se obtuvo la “independencia”, aún debe decidir en las urnas si comparte o no la finalización del conflicto armado con las Farc.
Claro, no conocemos la paz, y tememos enfrentarla.

Desde la mitad del pasado siglo, cuando emergen las guerrillas comunistas en reemplazo de las guerrillas liberales, con su “combinación de todas las formas de lucha” (acción política legal, subversión armada y la intervención ilegal de gobiernos extranjeros) y la respuesta del estado ha sido también la “combinación de todas las formas de lucha” (¿qué son entonces el paramilitarismo y la intervención extranjera, legal e ilegal, en nuestras guerras internas?), se han desarrollado numerosos procesos de paz con las guerrillas, exitosos casi todos (el M19, Prt y el Movimiento Quintín Lame, partes de las Farc, Eln y Epl), desde la amnistía decretada por el General Rojas Pinilla hasta el actual proceso que se desarrolla en La Habana y debe finalizar con el plebiscito.

El país ha llegado a tal grado de polarización que es imposible poner de acuerdo a los partidarios del s í con los del no, hoy enemistados por cuenta de sus líderes; para el común de la gente, es imposible entender que la inmensa mayoría de colombianos que apoyamos la terminación civilizada de cualquier conflicto armado en Colombia no pertenecemos a ningún bando, que quienes apoyan el sí en el referendo no son “castrochavistas enmermelados”, ni los que votarán no tampoco son “paracos furibestias”. En ambas orillas hay tanto argumentos válidos como masas iletradas que repiten consignas vacías con propósitos proselitistas. Mientras tanto, entre enemigos enfrentados se ha llegado a un documento de difícil concordancia para ambas partes, que está dentro de la constitución, la ley y los acuerdos internacionales a los que Colombia ha suscrito. Quien no conoce de negociaciones, no comprende lo complicado que es buscar acuerdos entre enemigos que no han sido derrotados, con posiciones irreconciliables y puntos de honor que no negocian.

Muchos de quienes han sido realmente víctimas de esta guerra infame tienen prevenciones válidas y razonables con respecto de los acuerdos logrados, y exigen justicia implacable contra los autores de crímenes atroces (secuestros, bombardeos a poblaciones con víctimas fatales, extorsión, asesinatos selectivos, etc). Pero, muchas de las verdaderas víctimas de la guerra apoyan la terminación del conflicto, han perdonado a sus victimarios y descargado sus corazones del odio y la intolerancia; mientras tanto, desde la comodidad de ciudades protegidas, muchos civiles que desconocen qué es una guerra, piden exterminio de los subversivos, o justicia excesiva para ellos.

El conflicto lo hemos sufrido todos los colombianos: unos, porque son víctimas directas (soldados, guerrilleros, paramilitares y, especialmente, población civil ajena al conflicto), y los demás por las secuelas de la guerra (delitos atroces, desde desplazamientos forzados hasta bombardeos indiscriminados por parte de todos los actores del conflicto), pero especialmente las capas más vulnerables de la sociedad, pues buena parte del presupuesto se va en la guerra en vez de aplicarlo al desarrollo social y a la construcción de un mejor país. Esto, sin contar las afectaciones al medio ambiente, causadas por la tala indiscriminada para siembra de coca, amapola y marihuana, minería ilegal, daños a la infraestructura petrolera, etc, etc, etc.

El gran detonante de la guerra ha sido la corrupción institucional, que ha llegado a niveles intolerables. Apoyados en el conflicto y sus consecuencias, los politiqueros han aprovechado para montar feudos infranqueables que desangran el erario sin compasión, y sin la menor intención de aplicar la constitución política vigente. La verdadera paz no está en la terminación de todas las guerras internas que nos azotan: está en destronar por las vías democráticas a esos sinvergüenzas que cooptaron el estado, en atajar en las urnas los intentos de unos cuantos para continuar un conflicto del cual se benefician, y en construir una sociedad justa a partir de la carta magna aplicada correctamente. Por estas razones, con todas las prevenciones surgidas de las lecturas del acuerdo, mi voto en por el SÍ a la paz, el perdón, la reconciliación y la no repetición de tanta barbaridad. Y un no rotundo a la guerra, a la corrupción, el odio, la intolerancia y el impedimento al ejercicio de los derechos fundamentales.

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