La política nacional: circo de tres carpas

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

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De no ser por las trágicas consecuencias para el país nacional de las acciones de gran parte de nuestros dirigentes, el diario trajinar de la política da para el gozo de humoristas y ciudadanos del común.

La tragedia es que, a pasos agigantados, están liquidando el futuro de un país extremadamente rico que, como sucede en algunas fábulas, pasa hambre sentado sobre sacos de oro.

El caso de Santurbán es patético. Hoy, en todo el orbe, se protege al agua a capa y espada, pues es el recurso agotable que entrará en crisis en el cercano futuro. Si bien es cierto que el orbe está cubierto de agua en más de un 80% de su superficie, sólo el 2% de ella es potable.

El rápido deterioro de los nacederos, la incontenible contaminación de ríos, lagos y humedales frente a una creciente población que cada vez más demanda ingentes cantidades del líquido vital, implica el cuido del agua como un preciado tesoro, que de suyo lo es. Colombia es uno de los países del mundo con mayor cantidad de agua potable en el planeta por superficie y población, con un enorme número de páramos y nacederos. No obstante, los gobiernos prefieren destruir la mayor riqueza y envenenar las aguas residuales para obtener minerales, preciosos sí, a costa de nuestra supervivencia. Ya hubo un intento de entregar estos recursos hídricos estatales al capital privado.

En el llamado primer mundo se ha prohibido el uso de agentes dañinos al medio ambiente, como el glifosato o el fusarium para asperjar cultivos, o el dicloroisocianurato y la plata coloidal para el tratamiento de aguas contaminadas, por su enorme potencial tóxico. Acá, en Colombia nos enorgullecemos con el destrozo de las tierras con esos agentes prohibidos, pregonándolo a los cuatro vientos con el sofisma del mal menor como si no hubiera más remedio posible.

En las tierras cultivables para alimentación, se han sustituido productos vitales orientando el uso hacia biocombustibles de primera generación gracias a enormes incentivos gubernamentales aún vigentes, cuando la tendencia mundial apunta a los de segunda generación, que no compiten por la alimentación, o mejor, a formas de energía limpia. Dicho de otro modo, se favorece el encarecimiento de los precios y la importación de alimentos por el uso de tierras, privilegiadas para el cultivo de especies alimenticias, en la producción de una forma de energía en vías de desuso.

La fórmula de la tarifa establecida por los gobiernos para los combustibles en este país es un asalto al bolsillo del ciudadano, poniéndonos a pagar gasolina como si se obtuviera de las más preciadas sustancias. Colombia es autosuficiente en materia de extracción de petróleo y producción de combustibles. Se saca cada día un millón de barriles y se consumen 300.000 en forma de gasolina y diésel producidos totalmente en el país; los excedentes, de calidad variable, se exportan.

El costo real de producir un galón de gasolina es algo menos de un dólar estadounidense, con lo cual el precio al consumidor debería estar del orden de los 2 dólares, poco más o menos. El gobierno decidió que nuestro petróleo se debe pagar a precio internacional como si se le comprara a los árabes en el Golfo de México, y se le deben sumar los costos de importación desde allá hasta acá incluyendo gravámenes y conducción hasta los centros de producción, cuando eso en la realidad no ocurre. Después viene una catajarria de impuestos, incluyendo una sobretasa para mantenimiento de las vías, como si no se pagasen altos impuestos de rodamiento, valorización y muchos otros tributos cuyo destino se pierde en las brumas de la corrupción.

Los samarios podemos mirarnos en nuestro propio espejo. A pesar de los acuerdos del 2008, con presidente y ministro a bordo en unos de los tantos actos populistas del saliente gobierno, las empresas contaminantes se comprometieron a erradicar las sucias prácticas de embarque de carbón a cielo abierto que tanto daño han causado a nuestras hermosas playas, pero la realidad es otra.

El daño sigue ante la indiferencia de las autoridades locales, si así se les puede llamar, y para burla de la ciudadanía. Todo el mundo voltea su mirada hacia otro lado mientras se sigue espantando a escobazos al turismo, fuente primaria de ingresos y desarrollo del Distrito.

Es una razón más entre muchas otras para pensar con cuidado a la hora de elegir a los futuros mandatarios, que deben estar comprometidos con el Distrito y sus ciudadanos, y no con oscuros intereses, propios o ajenos, para detrimento de la ciudad con más potencial en Colombia, el cual se viene derrochando imperdonablemente.

Apostilla. Wikileaks, en cuanto a Colombia se refiere, asombra y entristece.

Una vez más se demuestra que la sede de gobierno se encuentra en Washington, y los políticos locales deben rendir cuentas al virrey de turno, como en la época de la colonia española. Hay que leer "Colombia nazi" para entender esta inaceptable subordinación.

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