EL INFORMADOR y yo

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alberto Linero Gómez

Alberto Linero Gómez

Columna: Orando y viviendo

e-mail: [email protected]

Aprendí a leer a los cinco años. Me enseñó el profesor Huertas. Un viejo maestro que tenía en la sala de su casa una escuelita en la que todos teníamos que llevar nuestro asiento. Ahí descubrí cómo la combinación de letras me permitía entender el mundo, la vida, las expresiones que los otros compartían al escribir.
Creo que fue mi mejor aprendizaje porque a partir de ahí siempre estuve descubriendo el universo a través de las páginas en las que los otros garabateaban su sentir y su pensar. Desde ese día no he dejado de leer. He leído todo lo que me ha pasado enfrente: libros, revistas, cartas. He entendido que si dejo de leer dejaré de conocer el mundo extraño que se me presenta a diario y en el que vivo.

Una de mis primeras lecturas fue EL INFORMADOR. Lo leí a diario. Recuerdo a mi abuela materna, Cleotilde Igirio, que temprano en la mañana me levantaba, me bañaba y me vestía con pantaloncito corto, una camisa a cuadros y unas sandalias para que estuviera listo para ese día; formaba parte de ese ritual cotidiano ir a la casa de al lado, donde los Granados Egea, para sentarme a leer EL INFORMADOR. A través del periódico de Santa Marta iba conociendo no solo la ciudad con sus situaciones y sus avatares sino que me iba conociendo a mí mismo. A través de sus noticias, de sus columnas no solo iba perfeccionando mi lectura sino que iba creciendo como ser humano que capta y construye el mundo a través de su lectura y escritura.

En esta medida EL INFORMADOR es un constructor de la samaridad. En sus páginas no solo ha quedado retratada nuestra historia sino que se ha ido contribuyendo a descubrir y a hacer lo que somos realmente los samarios. Este, nuestro periódico, es una mediación entre los samarios y la ciudad, es el testigo atento de los contratos emocionales que hacemos entre nosotros, como sociedad; es el compañero moderno del morro en esa tarea de otear los acontecimientos samarios y contarlos de la mejor manera. Las páginas de EL INFORMADOR contienen nuestra historia, nuestra vida. Nunca he dejado de leerlo porque eso implicaría dejarme de leer a mí, y a la ciudad.

Recuerdo la primera vez que aparecí en sus páginas, ese día me sentí ciudadano, verdadero habitante de la samaria. Fue con ocasión de un campeonato de baloncesto de Pescaíto. Estuve entre los jugadores de Deportivo Deru y EL INFORMADOR cubrió el evento y sacó una fotonoticia de los equipos que participaron. Hoy fue más fácil remover mis recuerdos que las cajas en donde se guarda mi infancia para encontrarla. Mi romance -que a veces parece una dolorosa y frustrante relación- con el Unión Magdalena tuvo en nuestro periódico un celestino constante que me informaba todo lo que mi equipo amado hacía: recuerdo cuando llegaron en el año 1975: Ucha, Valiente, Martierena... No se borra de mi mente esa fotonoticia.

Cuando ya fui un adulto y estuve lejos de mi ciudad sufrí por no poder leer EL INFORMADOR con la asiduidad de siempre. Era una de las realidades de la samaria que me hacían falta. Su ausencia también producía esa saudade, que todavía me acompaña, de la ciudad que amo y en la que no estoy. Afortunadamente el internet ha menguado ese sentimiento, porque lo puedo leer en la red. He visitado muchas ciudades, siendo El Cairo, Nueva York, París, Dubai, Damasco las que más me han impresionado por distintas razones, pero Santa Marta tiene algo que ninguna tiene, eso que la hace auténtica, genuina y mi ciudad. EL INFORMADOR forma parte de esa esencia samaria.
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