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Escrito por:

Andrés Quintero Olmos

Andrés Quintero Olmos

Columna: Pluma, sal y limón

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¿Qué es lo que busca un intelectual? Convencer. ¿Qué es lo que busca un terrorista? Convencer. Hay una distancia vertiginosa entre ambos, pero el objetivo es el mismo: contar su interpretación y persuadir. Lo curioso es que, hoy en día, pareciese que el terrorista tuviese más audiencia que el intelectual.


Los países occidentales han llegado a un tal nivel de paz desde la segunda guerra mundial que, hoy en día, cualquier acto de terrorismo, por pequeño que sea comparado a las atrocidades del pasado, resuena más por la globalización de la información. Si a esto se le suma que el amarillismo mediático, la psicosis social vendedora de publicidad y el populismo político parecieran ser los reyes de la sociedad junto al número de “likes”, de “views” y de “followers” de las redes sociales, el plato está servido en bandeja de plata para que los terroristas tengan audiencia.

Los terroristas no son ajenos a este fenómeno de la imagen y de la civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa, a partir del cual es más sabio hacer saber que saber. Por eso son sus actos cada vez más “espectaculares” y provocadores: “explotemos el Nogal, tumbemos las Torres Gemelas, degollemos a una cura en su iglesia y asimismo publicitaremos nuestras ideas y seguro algunos ingenuos e inseguros se impresionarán y se convencerán”. El intelectual colombiano Nicolás Gómez Dávila afirmaba que “si queremos que la idea más sutil se vuelva estúpida, no es necesario que un imbécil la exponga, sólo basta con que la escuche”. Por eso es que esta sociedad desestima a los políticamente correctos, a los que piensan que el fin no justifica los medios y a los intelectuales (que básicamente encarnan a los dos primeros), porque el espectáculo es querer ver, sentir y divertirse pero no entender.

Hemos llegado a vivir en tiempos donde el valor más alto es la audiencia de la imagen. Sí esa misma que es trabajada en Photoshop, en el quirófano o la que es libreteada y maquillada y la que obviamente desprecia a lo estudiado, discreto, objetivo y no monetizado. El intelectual francés Yann Moix describió, el sábado pasado en las páginas del diario LeMonde, su impotencia ante este fenómeno: “la trascendente brecha entre la calidad de los autores y la mediocridad de los actos; entre la inteligencia de los artículos y la estupidez mugre de los actos; entre la profundidad de los editoriales y la indigencia de los terroristas. El lector a menudo siente que le inyectamos desesperadamente, y exageradamente, sentido a algo que al fin y al cabo no tiene sentido alguno”.

¿Cómo contra argumentar algo que está desalmado de cualquier argumento? Esa es la cuestión de una civilización que dejó atrás los argumentos para dejarse tentar por el terrorismo de las imágenes que los terroristas cabalmente saben utilizar. Por eso es que Gómez Dávila decía de antemano que “la civilización parece ser un invento de una especie que ya es extinta”.

@QuinteroOlmos

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