La venta informal

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Escrito por:

Saúl Herrera Henríquez

Saúl Herrera Henríquez

Columna: Opinión

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Uno de los problemas críticos que tiene Santa Marta, como efecto de la dinámica de nuestra economía, al que las autoridades no han sabido darle inteligente solución, es el de los vendedores informales. Con ellos hay que convivir, pero su actividad debe regularizarse atinadamente, como ha ocurrido en otras ciudades de América Latina. Se encuentran ellos dentro de la denominada economía informal, el cual es el nombre que se le da a un gran número de actividades que están catalogadas dentro del sector informal de la economía.

Por lo general, las actividades de dicha economía no cumplen con ciertas características económicas y administrativas propias de una economía formal; no usan tecnologías complejas ni formas avanzadas de producción, no tienen una división del trabajo establecida, no están constituidas jurídicamente como las empresas modernas, y tienen distintos tipos de relaciones laborales al mismo tiempo.

Muchos de nuestros coterráneos en edad laboral están dedicados a la economía informal -hecho que no debiera ser- en un alto porcentaje de la población, lo cual debiera preocupar por igual y en alto grado a estudiosos, políticos, gremios, academia y autoridades, toda vez que solo una solución racional diseñada y establecida entre todos puede encontrar salida integral, sobre todo, por cuanto nuestros sectores céntricos no se compadecen con una ciudad que se precia no de ahora, sino desde siempre, de ser turística.

Importa en este derrotero, la implementación e implantación de una política consensuada al respecto, pues todo vendedor informal que labora en un espacio público, adquiere derechos que son protegidos por la Constitución y las leyes. Y si hay muchos de ellos en el centro y principales sectores de la ciudad, donde se han “apropiado” de una cantidad considerable de metros cuadrados de espacios públicos, urge una solución sino inmediata, al menos por fases con directos compromisos de reubicación y prohibición absoluta de volver a ocupar tales espacios en detrimento de la estética de ciudad y de la comunidad en general.

Cada vendedor informal ocupa un área de espacio público que va de dos a cinco y a veces más metros cuadrados. Son ellos, los vendedores ambulantes, la punta del iceberg; bajo ellos hay una sólida y abigarrada base conformada por intermediarios, reducidores, contrabandistas, “lavadores” de dinero, y demás, que los explotan y se enriquecen subrepticiamente con el sudor de aquellos, lo cual se sazona con las ansias de “politiqueros” electoreros locales; y, mientras las políticas sean de choque u obtusas, no habrá solución y el progreso, bienestar y calidad de vida en nuestras principales calles y sitios públicos seguirá de capa caída.
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