En el nido de los cóndores

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Empezando la mañana del pasado domingo, la buseta en la que vamos unas 18 personas, sube con lentitud por los estrechos y polvorientos caminos de Cazucá, una zona de invasión localizada en el suroccidente de Bogotá, en las más elevadas cumbres del altiplano, desde las cuales se divisa toda la sabana. Parte de Ciudad Bolívar y parte de Soacha, este sector representa la realidad de más de un 60% de los colombianos que oscilan entre la pobreza extrema y la miseria. Aun cuando cada ciudad tiene la suya, es, quizás, la mayor invasión de Colombia (unas 100.000 personas), surgida de la violencia, donde todas las regiones y dramas humanos están representados. Llena de gente trabajadora y honesta, no hay fronteras visibles entre ambos municipios; tampoco, las que separar los territorios de las bandas criminales de la zona. Las viviendas, entre covachas de láminas oxidadas y cartón, y algunas de material, incluso pintadas y hasta con antejardines, son precarias al extremo. El agua potable escasea, el alcantarillado casi no existe, y la electricidad no siempre llega, así que algunas viviendas “la toman prestada” de la alambrada.

El paisaje es siempre igual: lomas empinadas, calles destapadas marcadas por los surcos de aguas lluvias y sucias, cubiertas de basura, escombros y excrementos, perros famélicos que comparten espacio y diversión con niños desnutridos de precaria vestimenta. Allí, una casa propia es un sueño casi imposible; pagan arriendo de propiedades sin registrar en catastro.

Más del 70% de los habitantes vive de la informalidad, y los trabajadores formalizados se emplean en labores pesadas y mal pagas. “La rusa” (construcción) y el servicio doméstico son denominador común. Conviven con el delito; niños y adolescentes, con escasas oportunidades de educación, alimentación adecuada o salud, son fácil presa de la droga (hay muchas ollas, y el bazuco reina); la prostitución infantil y el delito común son la cuota inicial; después, engrosarán las filas de la guerrilla, paramilitarismo, narcotráfico y demás expresiones del crimen organizado. Las promesas incumplidas de los gobiernos y las alcaldías (Bogotá y Soacha se reparten culpas) favorecen esta bomba social: escasea lo mínimo necesario para vivir decentemente en sociedad, el paso a la delincuencia es casi obligado.

Hemos llegado al destino, en la cumbre más alta de Cazucá, allá donde los cóndores anidaban. Gracias a la generosidad del grupo “En manos del alfarero” –que donó una casa prefabricada- y la experiencia de la Fundación Catalina Muñoz –que ha entregado 2887 viviendas en todo el territorio colombiano, regaladas por gentes con profunda sensibilidad social-, una familia muy pobre, honesta y necesitada como casi todas, recibirá un hogar. Los que subimos debemos armarla: serán unas 8 horas de trabajo. De unos 35 metros cuadrados sobre una plancha de concreto de unos 50 metros, la casa tendrá un área social y dos habitaciones: detrás queda espacio para un baño, la cocina y otra habitación. El clima ayuda y los materiales están muy cerca, lo que facilita la labor. Además de la arquitecta y experimentados voluntarios, el especialista en seguridad industrial nos imparte instrucciones para prevenir accidentes. Previo calentamiento y estiramiento, se inicia la obra, y poco a poco la casa toma forma. Una pausa a medio día para almorzar y, nuevamente, manos a la obra. Cayendo la tarde, la faena ha terminado: los felices propietarios reciben las llaves de su casa, y ya no seguirán pagando arriendo. La felicidad nos embarga a todos; se ha cumplido otra vez con la tarea de ayudar al prójimo. Unas cuantas palabras, un mercado de obsequio para el nuevo hogar, una despedida sentida y de regreso a casa. Es riesgoso tornar más tarde: salir de noche es un suicidio.

Las estadísticas impersonales poco dicen del drama humano. Si más colombianos participan de estas obras sociales, y los gobiernos cumplen verdaderamente su función social, mucha menos gente irá a las fauces del crimen. No hay que dar el pescado, sino enseñar a pescar, dicen todos, y es cierto. El más importante ingrediente, permitir la pesca: todos merecen las oportunidades que unos pocos han acaparado y no comparten. Codicia y corrupción causan mucho más daño que el crimen. La inclusión social es urgente, y es la llave de la paz que tanto necesitamos. Educación y oportunidades son clave.

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