Asesino silencioso

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Escrito por:

José Lopez Hurtado

José Lopez Hurtado

Columna: Opinión

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El tema es tan sórdido como la historia misma de uno de sus principales protagonistas, el suizo Stephan Schmidheiny, fundador y propietario de Eternit, quien junto a su familia se enriqueció con la explotación del amianto o asbesto, materia prima para la producción de tejas, baldosas y azulejos, productos de papel, envases, paquetería, frenos para vehículos, entre otros accesorios.


Gracias a su alta durabilidad, impermeabilidad y resistencia al fuego, el mineral resulta irremplazable en esta industria, que protagonizó en Europa, a fines del siglo XX, lo que se llamó el “escándalo del amianto”, al descubrirse los terribles efectos en la salud de quienes en forma directa o colateral habían entrado en contacto con la volátil sustancia. Pero en la misma medida en que se conocía su naturaleza mortal, en esa misma intensidad, arreciaba en todos los países del mundo, la presión de sus propulsores sobre los gobiernos y la industria para contrarrestar la campaña en su contra.

Pero ya en la década de los 90, científicos de todo el mundo probaron con la certeza exigida, que el asbesto/amianto producía asbestosis (fibrosis pulmonar o pulmón de piedra), cáncer de pulmón, de laringe o gastrointestinal, mesotelioma, o tumor maligno del pleura, a los 20 o 30 años de exposición inicial de los trabajadores y sus familias, que habrían inhalado las fibras de la sustancia suspendidas en el aire o transportadas en ropas o herramientas de los obreros. Por entonces la familia Schmidheiny había vendido la empresa matriz y sus sucursales en el mundo y fundado la organización Avina, para en un giro dramático, tratar de lavar los registros de su nombre en el mundo como causantes de muertes dolorosas, y entronizar como pioneros la campaña por la eliminación del uso del amianto. Pero de poco habría de servirle al portavoz de la poderosa familia, condenado después por un tribunal de Turín a 16 años de prisión, y al pago de más de 100 millones de euros, como compensación por la muerte de miles de personas, condena que en 2013, se amplió a 18 años.

Solo en Francia, se calcula que morirán más de 100.000 personas hasta 2025, quienes estuvieron en contacto con el elemento. En tanto que el amianto solo está prohibido en 66 países, siendo Islandia y Noruega, los primeros en prohibir su uso, para generalizarse su veto absoluto en la UE, apenas en 2005. Canadá el principal productor mundial exporta a países en desarrollo (¡) cerca de 250.000 toneladas anuales, mientras que en Brasil, tercero en producción en el planeta, no cesan las discusiones sobre su uso, pero no existe una decisión definitiva sobre su prohibición, al igual que en Colombia, que arroja un importante número de víctimas mortales.

La prohibición, sin duda, es la determinación más adecuada en términos ecológicos, económicos y éticos. De otra forma, la asbestosis o asfixia dolorosa, por la acumulación de polvo en los bronquios, lenta en su proceso irreversible hacia la muerte, seguirá cobrando víctimas dentro de las 125 millones de seres expuestos en el mundo a sus terribles efectos, en forma directa. Y consumándose el crimen social, casi perfecto.

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