El caso de los ocho millones de dólares

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Escrito por:

Arsada

Arsada

Columna: Opinión

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Una de las más graves inconsistencias estructurales que presentan las organizaciones políticas de izquierda en América Latina y el Caribe, pero que bien podríamos hacerla extensiva a todo el planeta, es la facilidad con que se puede ascender en sus filas, muy similar a lo que acontece en las huestes protestantes.
En los grupos ortodoxos, por el contrario, hacer carrera es mucho más complicado, por algo cuentan con el poder del aparato, el mismo que al final termina paralizándolos.

Esta facilidad institucional permite que algunos de sus integrantes ingresen a sus filas, unas veces sin la convicción suficiente, otras con la clara intencionalidad oportunista de aprovechar la coyuntura para iniciar una carrera política que les permitirá acceder a posiciones de comando, las cuales le facilitarán el acceso al manejo de fondos públicos, en donde tendrán la vergonzosa oportunidad de enriquecerse sin el menor esfuerzo, importándoles un bledo el prestigio de su grupo y mucho menos la suerte de aquella población que llegó a poner en ellos todas sus esperanzas de reivindicación social.

La corrupción es silvestre en América, pero la derecha la tiene clara; ella, como el gato y gracias a que controla los medios, puede tapar con el silencio la debilidad, por llamarla de alguna manera, de sus copartidarios, en tanto que, por obvias razones, se encarga de lanzar a los cuatros vientos las falencias éticas, administrativas o no, de sus contrarios ideológicos. El resultado, apenas natural, es que unos aparecen más inmorales y bandidos que los otros, así la realidad pudiese ser otra.

¿A dónde voy con mi cuento? A una carta que publicara el 16 de este mes la expresidenta argentina, Cristina Fernández, en torno a la captura de su excolaborador, el ingeniero José López, quien ejerciera la Secretaría de Obras Públicas durante su administración. Como recordarán, este individuo fue sorprendido cuando trataba de esconder en el monasterio Nuestra Señora de Fátima en la ciudad de Buenos Aires, la suma en efectivo de 8 millones de dólares. Todo parece indicar que el dinero lo tenía López en su domicilio, pero ante la posibilidad de un allanamiento se aterrorizó y decidió ocultarlo en aquel monasterio. ¿Por qué allí? Nadie lo sabe.

En la carta publicada, la exmandataria argentina expresó que quería saber quiénes eran los responsables, porque si algo tenía claro era que semejante suma de dinero se la había tenido que dar alguien y que ella no había sido, para a continuación manifestar, con algo de sarcasmo, que nadie podía hacerse el distraído: ni empresarios, ni jueces, ni periodistas, mucho menos dirigentes políticos, porque para ella seguía siendo claro que cuando alguien recibe dinero en la función pública es porque otro se lo da desde el sector privado. Mecánica que, a su entender, ha hecho parte de las matrices estructurales de la corrupción a lo largo y ancho de la historia universal.

Lo que solicita la señora Fernández de Kirchner es de una contundencia irrefutable; el cuento no radica en que el personaje tenga el dinero en su poder, más importante que esto es saber de dónde procede el mismo, quién lo da y por qué. Ocho millones de dólares es una suma muy importante como para no encontrar fácilmente el hilo de su procedencia. Pero hasta ahora, todo se ha reducido a que los medios publiciten el suceso en torno a las relaciones de José López y la administración de Cristina Fernández, en un ostensible afán de desprestigiar a la exmandataria y distraer a la opinión internacional en torno a lo que está sucediendo al interior de la administración Macri y que mantiene a gran parte de la población argentina en las calles, protestando en contra de las políticas neoliberales que viene implementando el actual gobierno argentino. Y mientras París arde ante una reforma laboral contraria a los intereses de sus obreros y España se agita ante la posibilidad de un gigantesco chocorazo electoral e igual México se retuerce sobre la tumba de sus estudiantes muertos, la ONU, la OTAN y la OEA solo tienen “ojos democráticos” para señalar a Venezuela. Algo no huele bien.
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