El playón de Orozco: crónica de una masacre no olvidada

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Escrito por:

Ricardo Villa Sánchez

Ricardo Villa Sánchez

Columna: Punto de Vista

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Lo mismo que la del toro/ cuando pisa en el playón/ deja la huella en el lodo/ en forma de corazón. El Playonero. Rafael Escalona.

El 9 de enero de 1999, cerca de un centenar de paramilitares del Bloque Norte de las AUC, irrumpieron en el corregimiento de Playón de Orozco del municipio de El Piñón, Magdalena, mientras se celebraba un bautizo colectivo. En tan solo una macabra hora, a plena luz del día, asesinaron, con alevosía, a 27 personas, frente a la iglesia y no contentos con esto, saquearon y quemaron 22 viviendas.
Fue la crónica de una masacre anunciada, sin reacción del Estado en su momento, más allá del fugaz perdón público 16 años después y de la fría confesión de su verdugo, para recibir los beneficios de Justicia y Paz, luego del éxodo de sus habitantes, su retorno a cuentagotas y las voces de su dolor.

¿Y los muertos que mataron quién los vive?, se preguntaba el señor Carlos Calvo, una de las víctimas, casi dos décadas después de la matanza. Esta cuestión, retumbó el pasado 10 de mayo en el lanzamiento del documental Y... No supimos ¿por qué? Playón de Orozco: memorias de una masacre del Grupo de investigación Oraloteca de la Universidad del Magdalena.

Salí de allí con un agujero en el alma, no solo por el arraigo con estas tierras, en las que crecieron mis ancestros y están enterrados muchos de mis muertos, sino por ver los matices, las miradas tristes de la gente que retornó a sus lares, y la fertilidad de la resiliencia, del verde esperanza, del trasegar de los animales y del correr de las aguas, que fluían entre el recuerdo de la tragedia y de sus actuales carencias; en el paisaje y los rostros de quienes, de la nada, han vuelto a poner las piezas del rompecabezas de la vida, con la fuerza de la gente, como dijo el profesor Fabio Silva Vallejo que para el director de esta investigación, era el hilo que unía como mensaje este importante documento para la memoria histórica de la desgracia que atravesó como una espada a la región Caribe, en la época en que, como dice Garay, se dio la reconfiguración cooptada del territorio por parte de unas élites excluyentes, con poder económico y político, que se aliaron con organizaciones armadas al margen de la ley, para, a sangre y fuego, y sin ningún escrúpulo, someter a la población a sus perversos intereses y arrasar a todo lo que, para sus mentes rastreras, oliera a diferencia.

También, y esto es necesario subrayarlo, se aprecia cómo nuestro pueblo campesino, luchador empedernido, alegre, digno, se relaciona con su territorio, y construye y reconstruye sus historias, transmite sus saberes, dialoga, se expresa, se manifiesta en medio de la adversidad, dándole, con el imperio de la palabra, un nuevo significado a esa raíz del conflicto armado, que aún sus brechas no han sanado, la que llamó Orlando Fals Borda la cuestión agraria. Por algo este fue el primer punto en el que se avanzó en los inminentes acuerdos de paz de La Habana.

Estas, como la masacre del Playón de Orozco, son las oscuras páginas de la degradación del conflicto armado que habrá que cruzar con verdad, justicia, reparación integral y garantía de no repetición para poder avanzar hacia la construcción colectiva de la paz completa, estable, y duradera, que le dará alas a la reconciliación nacional. Son lugares emblemáticos en los que la gente sufrió daños que no tenían como seres humanos que soportar. La vida, la dignidad, la propiedad, la libertad, la igualdad, y los derechos, nada ni nadie nos los puede arrebatar ni tampoco, con violencia, se pueden entregar, o renunciar a ellos, en un país democrático.

El Estado colombiano cuando se suscriba el inminente pacto que ponga fin a este conflicto armado, debe hacer presencia en estos lugares, mediante el establecimiento de medidas que permitan recuperar estos espacios simbólicos para las víctimas, que tuvieron que padecer en carne propia lo innombrable, generando condiciones de bienestar, con igualdad de oportunidades de trabajo decente, proyectos e infraestructuras sociales, con inclusión social y libertad política, con fortalecimiento de lo público, con derechos y garantías, con cambios reales para que, sin olvido, empecemos a escribir, entre todos, la nueva historia de otra Colombia posible, en paz con justicia social.

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