Legitimidad de desempeño

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Escrito por:

José Lopez Hurtado

José Lopez Hurtado

Columna: Opinión

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Latinoamérica vive por estos días, momentos de inusitada convulsión con efectos impredecibles en la geopolítica regional, como no se había visto desde el regreso de la democracia, al terminar la negra noche de las dictaduras militares.


La remoción de Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil y el trámite del referendo revocatorio de Maduro en Venezuela, son apenas el epílogo inacabado de insucesos, como se ha dicho, de consecuencias imprevisibles, por ahora.

Chávez, los Kischner, Morales, Correa, Mujica, Ollanta Humala en Perú, en forma tímida y Bachelet en Chile, inauguraron una época, la del Socialismo siglo XXI, inspirada desde Miraflores, en la cúspide de guarimos electorales de indiscutible contundencia, que no admitía antagonismos.
La izquierda, decían los analistas, había sentado su imperio indestronable en la región.

Había llegado para quedarse, nadie aventuraba a señalar por cuanto tiempo, pero sin duda, que sería por una larga temporada. Colombia entre tanto, por excepción, inauguraba gobiernos de derecha con Uribe y de centro con Santos, quien ofrecía terminar la más larga guerra con delincuentes levantados en armas desde hacía sesenta años.

Hoy el escenario de Panamá a la Patagonia es completamente diferente.
La arrogancia de la izquierda en el poder comenzó a minar esos gobiernos alternativos, como un cáncer silencioso, y algunos de sus líderes alcanzaron a pensar en la perpetuidad de sus mandatos, emulando a las satrapías verde-oliva de la década de los 70. Era entonces abrir la puerta a todos los demonios para asegurar esa permanencia. Narcotráfico en los vehículos oficiales, entronques internacionales de dudosos procederes, contratos multimillonarios con jugosas comisiones, compraventa de lujosas propiedades con dineros públicos para los detentadores del poder, pócimas, rituales y brujería, comenzaron a ensombrecer los papeles oficiales y a sembrar en la conciencia colectiva, enormes incógnitas sin respuesta, y el resultado fatal como era de esperarse, a desmoronar la confianza de sus pueblos manifestada abrumadoramente en las urnas.

Aquí no hay conjuras internacionales, ni conspiraciones de ningún imperio, induciendo a resquebrajamientos estructurales.
Lo que existe, es simplemente, una crisis enorme, de una inescrutable profundidad surgida de la falta de legitimidad en el desempeño.
Cómo ocultar que en efecto, existió en los albores del experimento político una apabullante legitimidad de origen de esos gobiernos. Solo que por enanos intereses entronizados en los altares de los egoísmos personales y de partidos, se perdió la necesaria congruencia con la de desempeño. Y sobrevino la debacle de la que somos espectadores. Y asistiendo, como a una amarga cita no convenida, a un misterioso movimiento pendular de situaciones que parecían superadas.
La región no ha podido encontrar todavía el justo medio de su protagonismo histórico, que sigue siendo esperado con esperanza.

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