Se fue un grande

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com

No sé a ustedes, pero a veces me sucede que siento le necesidad incontrolable de vaciarme de recuerdos por miedo a que la muerte los silencie para siempre. Se siente la necesidad de arrojarlos al mundo porque de pronto, quien sabe, puedan servirle a alguien para algo o para nada. Quien dijo que todas las cosas tienen que servir para algo; en realidad, las más sublimes no sirven para nada sino para hacernos felices. Hoy es uno de esos días.


Siento que con la muerte de Edgar Perea, se comienza a cerrar una época grande en la radio, o mejor dicho, en la historia de la radio colombiana. Hay que tener cierta edad para entender lo que digo, pero a los jóvenes pocas veces se les ocurre pensar que Colombia no siempre ha sido el país urbano y relativamente moderno que hoy es. Desde muy pequeño, y como casi todos los niños de mi época, sentí fascinación por el aparato de radio, que en ese entonces todavía era bastante grande. Era lógico creer que si de ahí salían voces, dentro debían esconderse personas chiquitas. Apenas tuve la capacidad de sostener un destornillador, abrí el radio, para enseguida desilusionarme al encontrar lo que parecía ser solo un carreto de alambre de cobre. No he vuelto a abrirle el vientre a un radio desde entonces.
En la radio escuché las primeras canciones, y por fuerza tuve que escuchar la Escuelita de Doña Rita que era uno de los programas preferidos de mi mamá. Recuerdo a mi papá regando las matas con la manguera, y en el hombro un radio escuchando el debate contra Fadul y Peñalosa. Las cosas trascendentales del país eran transmitidas por la radio. Los jóvenes de mi época vibramos con las radionovelas de la tarde: Kalimán y Solín, Arandú, Juan Centella, Juan Sin Miedo, y otras tantas. Por las noches nos asustábamos con el Código del Terror, y también nos reíamos con Ebert Castro y los Tolimenses. La Colombia rural se alfabetizó de la mano de Radio Sutatenza. Una época grande. Y fue en esta época, que en la Costa Caribe surgen los mejores narradores deportivos que haya tenido el país. Melanio Porto Ariza, Mike Schmulson y el más grande de todos, Edgar Perea. Llamarlos narradores deportivos es un eufemismo injusto, ya que en realidad eran algo mucho más grande y difícil de poner en palabras. Perea en sus narraciones era capaz de comunicar lo que no se sentía ni siquiera estando en el estadio. Había que escuchar a Pera para creer lo que se estaba viendo. Lo hacía con su Junior querido, y ni que decir con la Selección Colombia.
Cuando Perea narraba un partido, los televisores en los hogares colombianos enmudecían, y los asistentes al estadio se pegaban el radio al oído para no perderse detalle. Perea tenía la genialidad de comunicar emociones como nadie porque él mismo las sentía y lo desbordaban. Una narración de Perea solo era comparable a una película de acción y emoción extrema. Cuando todavía el televisor era exótico y solo se trasmitían los partidos por la radio, Perea era la fuente obligada porque además de ser un conocedor del deporte, tenía la virtud de hacernos vivir la emoción del deporte. No era fácil jugar contra el Junior ni contra Perea en Barranquilla; más bien era un trago amargo.
Aunque la radio se ha reinventado a lo largo del tiempo y se mantiene vigente, hoy no tiene la misma relevancia que tuvo en la Colombia rural de hace pocos años. La riqueza de los medios actuales hace casi un imposible que vuelva a darse un narrador de la calidad de Perea. Un grande como Perea solo fue posible por las condiciones de la época cuando había que ver con palabras. Todo un arte de alto turmequé.
Perea representa una época grande y gloriosa no solo del deporte sino también de la radio y por esto su partida nos llena de nostalgia y nos hace reflexionar sobre lo afortunados que fuimos de haber podido ser parte de esa historia.
Gracias Negro, donde quiera que te encuentres, por haber hecho lo que hiciste y por habernos hecho vivir la emoción del futbol como nadie. ¡Dios te tenga en su gloria!

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