Brasil en su laberinto

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com

Lo que está sucediendo en Brasil, es la mayor bofetada a la izquierda del vecindario.  No solo por ser una de las economías más grande del mundo y la más grande de América Latina, sino porque supuestamente era un caso de éxito.  Era un ejemplo de izquierda moderada y democrática que había sacado millones de la pobreza.

 

Durante la bonanza de las materias primas, los brasileños soñaron en grande.  Uno de sus magnates prometía ser el hombre más rico del mundo en poco tiempo, y Brasil proyectaba su poder en la región. ¿Qué pasó?

Lo misma historia de siempre: bonanzas coyunturales, corrupción, despilfarro y politización de las instituciones.  Lula fue considerado un grande por ser el artífice del milagro brasilero, y hoy está acusado de corrupción así como su sucesora.  Queda mal parada la presidenta, cuando nombra a Lula de ministro para darle inmunidad y así burlarse de la justicia.  Solo duró cuarenta minutos de ministro, ya que un juez, por primera vez en la historia de ese país, suspendió el nombramiento, reconociéndolo como una jugarreta para evadir la justicia.

Cuando yo estaba en la universidad, tanto los profesores como nosotros, burlonamente decíamos que Brasil es el país del futuro, y acotábamos con la frase: y siempre lo será.  Hasta ahora la historia nos ha dado la razón.

La razón fundamental del fracaso, que no solo es de Brasil sino de casi todos los países de la región, es que cuando estamos en las malas, decimos que necesitamos transformaciones profundas y estructurales, pero apenas aparece una bonanza de materias primas, nos olvidamos de esto y caemos en el desenfreno y el desperdicio, y nadie habla más de reformas estructurales.  La euforia del dinero fácil nos enceguece, nuestros políticos hacen su agosto y así sucesivamente.  Esto parece el cuento de aquel que en medio de una resaca violenta, jura y perjura que no vuelve a tomar, y una vez pasada la resaca, vuelve por sus andanzas; y así se la pasa entre borracheras y resacas.

Desafortunadamente esas bonanzas crean la falsa expectativa de que vamos por buen camino, y presidenticos incompetentes y a menudo corruptos, salen en hombros como si fueran grandes estadistas, cuando la realidad es que fueron de buenas y les tocó ser presidentes durante la bonanza.  Al país probablemente le hubiera ido igual de bien, y de pronto hasta mejor, si lo hubiera gobernado un pescadito dorado.

Brasil es el único país que he visitado, en donde he visto gente los domingos enfiestados hasta altas horas de la madrugada, teniendo que trabajar el lunes.  Un país así, no puede salir adelante.  ¿Cómo va a producir un trabajador que no ha dormido y está todavía bajo los efectos del alcohol? El secreto del desarrollo es simple: talento humano calificado y ética.  Todo lo demás viene por añadidura.

¿Cuál será la parte que no entendemos? ¿Por qué es que nos cuesta comprometernos con una agenda de desarrollo? No lo sé, pero creo que parte de la culpa la tiene nuestra mentalidad cortoplacista y entonces cuando no vemos resultados inmediatos, nos frustramos y nos la pasamos como el péndulo: de derecha a izquierda y viceversa y al final no vamos a ningún lado, no avanzamos, o por lo menos conforme al potencial que tenemos.

La resaca tiene consecuencias sociales, y hoy Brasil es un país al borde del colapso luchando por encontrar un rumbo que le es esquivo.  La presidenta Dilma debería aceptar que su dimisión es el comienzo obligado de una transición necesaria.  Fue elegida para hacer lo que es mejor para el país, y en estos momentos, lo mejor para Brasil es que ella se vaya.

 

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