La política del insulto

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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

e-mail: cecilia@cecilialopez.com

Lo que hemos vivido los colombianos durante la semana anterior es no solamente doloroso sino vergonzoso. Las palabras que inundaron las redes sociales no eran simplemente insultos de un sector político a su contendor sino groserías, palabras vulgares, ofensivas, mentiras mal intencionadas y descalificadoras.

Independientemente de la razón para esta situación, la captura del hermano del expresidente Uribe, tres hechos fundamentales preocupan seriamente al país. El primero es la poca credibilidad que tienen las dos figuras que representan tanto en la vida institucionalidad del país. Por sus posturas, unas ideológicas como las del Procurador y otras cuestionables como las del Fiscal, sus actuaciones no merecen ante mucha gente el respeto que deberían. Es inconcebible que se haya perdido la majestad que esas posiciones deben tener en un país con tantos problemas.
Pero el segundo hecho es igual o peor que el anterior. La política o mejor dicho, quienes la ejercen, han perdido totalmente la compostura, desconocen sus límites e ignoran lo que representan ante la sociedad. Ver a los senadores que tienen no solo los mejores salarios del Estado y que representan a distintos sectores de la sociedad, que tienen más voz que ningún otro colombiano, recurriendo a métodos de protesta que no corresponden a la dignidad que el pueblo les ha otorgado. Penoso por decir lo menos. Con semejante foro como es el Congreso, con su alta representación tanto en Senado como en Cámara, con la audiencia que tiene su jefe en el país, es inaceptable que en los congresistas del Centro Democrático en vez de hacer uso de los medios a los cuales tienen derecho, acudan a la calle a comportarse como aquellos ciudadanos que solo tienen en ese comportamiento la única oportunidad de expresarse.
El tercero ha sido el uso del Twitter como la forma de actuar en manada para insultar al que se le atravesara gozando de la ventaja del anonimato. Claro que este medio moderno es exageradamente utilizado por todos los que ejercen esta actividad e inclusive por los presidentes que envían mensajes importantes por esta vía. Pero que se use para volver la política un intercambio de insultos es deplorable. Los twiteros que son millones, muchos jóvenes, con frecuencia generan debates importantes, hacen denuncias oportunas o interesantes llamados de atención. Esos twiteros son los que deben impedir que la política use este medio para quitarle altura a esta forma de comunicarse, para que un partido político, cualquiera que sea, lo use para actuar como secta, con el mandato de su jefe de usar la política de insultos.

Lo ha dicho todo el mundo, pero es bueno repetirlo: tal y como están las cosas, es más fácil firmar algún Acuerdo en La Habana que lograr que las profundas diferencias que se presentan en toda sociedad, se resuelven a través de los medios que provee una verdadera democracia. Pareciera que la palabra guerra, en este caso verbal, contaminó a sectores de la política que ignoran que con ese comportamiento le quitan no solo la poca dignidad que le queda a la política colombiana sino que impiden que los 48 millones de habitantes de este país aprendan a vivir en paz. Lo que están viendo las nuevas generaciones es uno de los espectáculos más deprimentes: el comportamiento de quienes muchos identifican como sus líderes. La pregunta que muchos deben hacerse es cómo pueden estos personajes con poder, conducir al país por una senda de posconflicto o posacuerdo, cuando están utilizando no las balas, sino las perores expresiones de lenguaje para atacar a sus opositores. Pena les debería dar.
La política del insulto no puede progresar en Colombia, y todos y cada uno de nosotros debe protestar por esta forma de ataque, venga de donde venga. Colombia no se merece ese comportamiento de sus supuestos líderes.

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