Moralismo y decadencia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Sebastián Herrera Aranguren

Sebastián Herrera Aranguren

Columna: Opinión

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Tres elementos de la vida política nacional han demostrado con alarmante vertiginosidad su decadencia, y con ella, la imperiosa necesidad de reformas estatales fundamentales: la Policía, el sistema penitenciario y el periodismo.

 

Empezando por la Policía Nacional, es bien sabido por casi la totalidad del país, los grandes escándalos que se han destapado alrededor de las redes de prostitución y abusos sexuales dentro de la institución. Las investigaciones que se adelantan y las declaraciones de al menos diez oficiales de la Policía, apuntan a la existencia de una red de prostitución homosexual conformada por ellos, y manejada por otros de más alto rango y con congresistas como sus principales clientes.

Sin embargo, una pieza clave en la indagación fue silenciada hace diez años: la cadete Lina Maritza Zapata, asesinada en su dormitorio en la Escuela General Santander, el 25 de enero de 2006. Su asesinato estuvo manchado de distorsiones intencionadas que nunca permitieron esclarecer la verdad. El cadete Julián Lucumí, quien la encontró inerte con un disparo en la cara, fue trasladado de la Escuela a la Casa de Nariño, y luego fue encontrado también muerto, de un balazo en el pecho. En el caso de Lina, el director de la Escuela argumentó que había sido un suicidio, producto de un desengaño amoroso; en el caso de Julián, se habló de un ‘misterioso’ accidente. El CTI cerró la investigación a los pocos días de la muerte de la cadete, y solo en 2014 se ordenó su exhumación que, hasta donde estaba programada, se habría realizado el pasado viernes 19 de febrero.

¿Cómo una institución tan oscura, podrida y misteriosa puede estar encargada del servicio, no menor, de garantizar la seguridad ciudadana y el orden? ¿Cómo le digo al agente, que me exige identificación varios días a la semana en lugares transitados, que no me produce confianza si no temor?

Si de combatir el crimen y corregir la conducta humana se trata, también se ha confirmado que la cárcel no es una opción. Aunada a la crisis humanitaria y de salubridad de la mayoría de cárceles del país, así como el evidente hacinamiento, se ha descubierto la noticia de ‘cuartos de pique’ en la cárcel Modelo de Bogotá.

La declaración de un exparamilitar postulado a la Ley de Justicia y Paz, relata de forma espeluznante cómo los reos que tenían deudas pendientes con las AUC, eran sometidos a torturas con choque eléctricos, luego los degollaban, los ahorcaban o envenenaban, para luego atacarlos a cuchillo y picarlos. El encargado de descuartizar, golpeaba con una almádana los restos de los asesinados, para luego meterlos en costales y tirarlos por las alcantarillas. Un hecho abominablemente cómico: El Inpec tenía un contrato con el dueño de unas marraneras en Soacha; en 2001, se generó revuelo porque éste encontró a un marrano con una mano en la boca y llamó a la prensa. ¿Cómo creer que se puede ‘resocializar’ a los delincuentes, en un sitio donde se practican tales brutalidades contra el ser humano? ¿Alguien puede atreverse a decir que es un justo castigo para los convictos?

La última joya, y no menos importantes, va por cuenta del periodismo. La renuncia de Vicky Dávila ha hecho que la opinión pública, si es que eso existe en este país, se alinee en dos bandos: uno, mucho más conservador que el segundo, que defiende su ‘valentía’ de hacer público un vídeo que hace parte de la vida íntima de un exviceministro, y el otro, de un bando que la condena irreprochablemente por este hecho, pero no se fija en el resto de actos irresponsables que ella y el ejército de periodistas tradicionales, hace todo el día para sembrar el mundo de la información de amarillismo, imprudencia, irresponsabilidad y falta de ética profesional. Vicky Dávila, quien entre otras cosas tiene un suegro con un pasado oscuro como gobernador amigo de los paramilitares, es la representante de ese periodismo que se ‘mete a la cocina’ de otros países como Venezuela, y de ciertas personalidades, como Carlos Ferro, solo para poder mantener los ranking de audiencia a punta de noticias irrelevantes para el país nacional y de escándalos artificiales.

Un periodismo gobernante que avergonzaría a verdaderos periodistas, como Gabriel García Márquez. Como bien lo escribió una columnista esta semana, “Vicky Dávila no mató el periodismo, el periodismo se muere a cada rato.” Para colmo de males, el reemplazo de Vicky en La FM es Hassan Nassar, un periodista ‘ajeno al círculo de la Casa de Nariño’, pero no por su labor crítica y comprometida, sino por sus aires uribistas. Lo que resulta más paradójico de todo esto, es que las instituciones que se consideran portadoras y juezas de la moral, en los ámbitos público, jurídico y penal, han demostrado lo decadentes que son. Sus voceríos cargados de moral cristiana, que condenaban todo lo que fuera ilegal y dañara este país lleno de gente de bien, se han apagado, pues andan ocupados limpiando sus manchados nombres.

Por: Sebastián Herrera Aranguren
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