Sin escándalo, la justicia no funciona

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

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Dos columnas escritas por el periodista Daniel Coronel y una de otro periodista que le antecedió tumbaron al señor Otálora. Desde todos los puntos cardinales del país se habían levantado voces de repudio que pedían la renuncia inmediata del Defensor del Pueblo.

 

No deja de sorprender la defensa del señor Otálora hecha ante los medios. Aduce que hubo una relación sentimental de más de un año, y que por tanto no hubo acoso laboral o sexual.

De todas las argumentaciones jurídicas que escuchado en mi vida, la de Otálora es una de las más cínicas y absurdas de todas, que además evidencian la falta de criterio jurídico y de principios de dicho personaje.

Debería saber el señor Otálora que la relación laboral entre jefe y subordinado niega de plano la posibilidad del consentimiento en una relación sentimental o sexual. Esta posición doctrinal es acogida ampliamente en los precedentes legales y en gran parte de las legislaciones del mundo.

Se equivocan quienes creen que la existencia de una posible relación sexual entre Otálora y su secretaria privada, exime al primero de responsabilidad. De hecho la admisión por parte de Otálora de una supuesta relación sentimental, es la prueba reina que lo condena. Ante semejante admisión de culpabilidad, no hay presunción de inocencia que valga. Que haya renunciado es un avance, pero no suficiente.

Muchas de las cosas que andan mal en el país a nivel institucional son resultado de la politización de los procesos de selección y elección de altos funcionarios.  Tengo el convencimiento de que todo lo que pase por las manos de nuestro desprestigiado Congreso de la República, nace envenenado y viciado, y la elección del señor Otálora no fue la excepción.

Se maquilla la componenda política bajo la apariencia de que hay que cumplir con ciertos criterios de competencia técnica sin poner reparo alguno en la falta de idoneidad moral. Por esto hoy los colombianos asistimos consternados al triste espectáculo que nos ofrecen las altas Cortes, la Contraloría, la Fiscalía, la Procuraduría y la Defensoría del Pueblo, entre muchas otras.

Algo anda muy mal en el país, cuando el motor de la justicia es el temor al escándalo en los medios. Nos hemos acostumbrado a que nada suceda si no hay un escándalo en los medios. Para citar un caso, el periodista Daniel Coronel tiene en su haber la cabeza de varios altos funcionarios.  Muchos colombianos esperamos la columna semanal de Coronel para saber si otra cabeza rodará.  No es difícil imaginarse que los más ansiosos con las columnas de Coronel son los que tienen por qué temer y que se preguntan cada sábado, ¿seré yo? Admiro a Coronel y aprecio su labor periodística porque mal que bien ha llenado el vacío dejado por la justicia.

Sin embargo, este no es el derecho de las cosas.  Hay que reconocer un peligro inmanente en la pretensión de creer que una columna es una sentencia, y que contactar al acusado, equivale a debido proceso. La justicia y su ejercicio son algo muchísimo más serio que una columna semanal por muy sustentadas que estén las pruebas presentadas en la misma.  Transgredir esa línea es desvirtuar y pervertir la naturaleza tanto del periodismo como del derecho. Afortunadamente Coronel todavía no ha cruzado la línea.  Otros líderes de opinión si lo han hecho.

El país no puede acostumbrarse ni depender de una justicia light adjudicada desde columnas de opinión o programas de radio. El problema es que hoy en Colombia algunos periodistas, entre quienes se cuenta Coronel, se han convertido en los Pepe Grillos del país, en los detentadores de la verdad absoluta y en jueces supremos que condenan y absuelven según su criterio.  Unos con más criterio que otros.  Es absurdo que Coronel sea el juez y fiscal supremo en Colombia.

El problema es tan serio, que los abogados  "prestigiosos" ya no litigan en las cortes sino por y en los micrófonos.  La filosofía de estos relacionistas públicos, mal llamados abogados, es que si logran que  la opinión pública absuelva al cliente, ningún juez se atreverá a condenarlo; y que si la opinión publica condena a sus enemigos, ningún juez se atreverá a absolverlos.  Y por este camino vamos en caída libre.

Por: German Vives Franco
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