Serpiente mortífera

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Sebastián Herrera Aranguren

Sebastián Herrera Aranguren

Columna: Opinión

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La nominación de la película colombiana 'El abrazo de la serpiente' a los Premios Oscar como mejor película de habla no inglesa, en la edición 88 que tendrá lugar el 28 de febrero, ha suscitado desbordada alegría, orgullo nacional y numerosas felicitaciones, incluida la del presidente Juan Manuel Santos. Pero, ¿seremos los colombianos los únicos que no entendemos lo que la cinta de Ciro Guerra nos quiere decir?

 

Es una maravilla tanto en sus locaciones, como en sus guiones y diálogos, su trama y las miles historias que condensa. Todos los colombianos y colombianas deberían verla. Pero el punto aquí es con qué sensibilidad se la ve. La película por supuesto es impactante por la exoticidad que muestra en sus paisajes, la bella maloca de Karamakate, los dibujos en la piedra y los brazos salvajes del río. Todo un redescubrimiento de la Amazonía.

Pero el mayor impacto lo generan esos múltiples encuentros entre Occidente y la América primitiva, entre lo que los españoles nos quisieron exponer como 'La verdad' y que no fue más que una cacería despiadada contra las poblaciones indígenas que habitaban aquí, y contra su cultura. Debatir las implicaciones y consecuencias de esa supuesta 'evangelización', 'modernización' y occidentalización sería una tarea bastante larga, que ocuparía numerosas páginas. Pero vamos a un tema conciso, que tiene evidente repercusión en la actualidad.

Dudo que el mensaje más contundente que quieran transmitir Ciro Guerra y Cristina Gallego sea que todos los países que tienen una porción de territorio en la Amazonía, deberían ir a conocerla, aunque esta sea una invitación implícita. Más bien es el de dar una mirada retrospectiva hacia lo que nos ha traído la modernidad y el capitalismo, en nombre del 'progreso' y el 'desarrollo'.

Así como la 'Fiebre del Caucho' produjo la terrible mortandad y sometimiento de comunidades indígenas y la destrucción de grandes extensiones forestales, el hambre petrolífera y mineroenergética ha azotado severamente diversos ecosistemas y cambiado drásticamente el bienestar y nivel de vida de comunidades humanas. Que hablen los wayúus, los campesinos huilenses que fueron desplazados por el proyecto de El Quimbo, las distintas etnias indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta que ven convertir su hábitat ancestral en un megaproyecto turístico. La lista podría seguir.

Si a alguien le es difícil asociar el mensaje de Karamakate a Theodor Koch-Grünberg y a Richard Evans Schultes, con lo que los pueblos originarios de América nos quieren decir todo el tiempo, es porque tiene un preocupante complejo de 'colonizado' que se cree 'colonizador'. De americano, hijo de una tierra humillada por Occidente que aspira a ser aceptado en ese club de países desarrollados, cuya noción de desarrollo ha mostrado ya sus límites siniestros: considerar más vital el petróleo que al agua, el concreto que el agua, la flora y la fauna, el dinero que la tranquilidad, el trabajo explotador y alienante que el descanso y el ocio productivo.

Si nos siguen pareciendo las lenguas indígenas más extranjeras que el mismo inglés, como advirtió Ciro Guerra hace pocos días, algo terrible ha pasado con nuestra identidad. Nos hemos convertido en esa serpiente mortífera que visionaban los pueblos indígenas. Haber vendido la importante reserva hídrica que poseía Isagen a una empresa canadiense a la que sólo le importa el lucro, en tiempos de sequía, cambio climático y necesidad vital del agua, para construir vías, es una clara muestra de que estamos siendo el depredador más peligroso y bruto para nuestro planeta.

Señor lector, vaya y véase la película, disfrútela en familia, en pareja, o como quiera. Pero antes, quítese ese casco y esos lentes de quinientos años de colonización occidental que no lo dejan ver las cosas como un americano.

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