Crónicas del barrio Gamín

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

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Tuve la fortuna de crecer en Santa Marta en el barrio Gamín.  No se sorprenda si nunca lo ha oído nombrar porque no es un sitio físico; es una utopía, un sueño colectivo que compartimos primos y amigos en una época.

 

Era la Santa Marta en que los niños jugábamos en la calle sin preocupaciones, muchos de nosotros descalzos y sueltos de madrina, mientras los adolescentes se dedicaban a lo suyo.  No teníamos miedo de que nos pasara algo porque en la Santa Marta de ese entonces no pasaba nada.

Fue en el barrio Gamín donde comencé a comprender el mundo, para ser más exactos, mi mundo.  Recuerdo el día que murió Perico, realmente no tengo  recuerdos de él, porque su novia de entonces pasó llorando acongojada frente a mi ventana.  Me impresionó mucho porque fue la primera vez que fui consciente de la muerte y sentí miedo.

No fue el único acontecimiento del barrio que marcó mi vida.  Mi hermano Julio en una Navidad, decidió informarme que el Niño Dios no era el que traía los regalos.  ¡Que trauma!  Mi mundo se derrumbó y la magia de la Navidad quedó hecha añicos en un santiamén. 

¿Qué hace uno cuando le arruinan la vida de esa manera a tan corta edad?  Pues, contárselo a los amigos que todavía no lo saben para arruinarles la vida también.  A veces uno es de malas y aparece en escena en el momento equivocado, que fue precisamente lo que le sucedió a Carlitos, el más inocente del grupo, al toparse con nosotros en plena discusión teológica, y así sin anestesia y a mansalva, Julio le espetó que los papás eran los que traían lo regalos.

No te creo, contestó Carlitos, aferrándose obstinadamente a su felicidad.  ¡Que si son los papás! ¡No les creo!  Yo jamás he visto a mis papás colocándome los regalos debajo de la cama.  Y entonces Julio queriendo probar su punto, le propuso a Carlitos que a última hora y antes de irse a dormir el 24, pidiera una bicicleta azul.  Si la bicicleta aparecía, quedaría demostrado que el Niño Dios si era el que traía los regalos.

Manuel Flores, como todos los papás, ya había chuleado la lista y escondido los regalos, y por eso entró en pánico cuando Carlitos antes de irse a dormir, diez de la noche según el reloj de pared, sacó la carta de debajo del árbol, y añadió a su lista la palabra bicicleta de color azul.

El viejo Manuel se hizo el loco y cuando Carlitos ya estaba durmiendo, leyó la carta, y al ver la bicicleta en la lista,  de la angustia comenzó a halarse los pelos con todas las fuerzas de que era capaz…hasta que se acordó que era calvo. Se armó la película en la cabeza: Carlitos ateo, próximo paso, piedra en el Celedón, y por ultimo bala en el monte.  Entonces recurrió a lo que recurrimos los hombres cuando no sabemos que hacer:   ¡Lola! ¡Tu hijo, el Carlos Rafael se nos va para la guerrilla!  ¡Imagínate, pedir una bicicleta azul a última hora! ¿De dónde vamos a sacar una bicicleta azul a estas alturas?

Cuentan fuentes de alta fidelidad, Zaida la hija mayor, que se vio a Manuel Flores como un loco arrebata o buscando la bicicleta azul por todo Sanandresito. 

La tradición era que el 25 todos salíamos para ver a quien le habían dado el mejor regalo.  Pero ese 25 todos estábamos expectantes por ver los resultados de la apuesta teológica de la que dependía el futuro del hijo de Lola.  Cuál no sería la sorpresa de todos, cuando Carlitos apareció pedaleando - lo cual es un decir porque realmente iba flotando con propulsión a chorros de felicidad-  su bicicleta azul, un poco pequeña para su tamaño, de llantas macizas y rodachines de soporte que Manuel por el afán no alcanzó a quitarle.  ¡Les dije que era el Niño Dios!  Todos los demás soltamos la risa, y como si hubiéramos estado de acuerdo, decidimos no llevarle la contraria y dejarlo soñar un rato más, ojala que toda la vida.

Así como esta historia, hay miles de historias de todos los que tuvimos la fortuna de ser parte del Barrio Gamín.  Quizás aquellos que eran más grandes, algún día se animen a escribir las crónicas del barrio Gamín. 

A veces estamos tan distraídos con cosas tan banales y sin importancia, que nos olvidamos que para ser muy felices necesitamos muy poco: buenos amigos y un sueño compartido.  Gracias a todos los que compartieron este sueño conmigo. Y para todos mis lectores, amigos y familiares, una muy Feliz Navidad. ¡Que Jesús nazca en nuestros corazones!

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