Mi patrimonio es todo un vallenato

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Andrés Quintero Olmos

Andrés Quintero Olmos

Columna: Pluma, sal y limón

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El folclor vallenato es patrimonio de la humanidad y así debería valorarlo el mercado nacional que cada vez más parece querer convertirlo en lo que no es. Este reconocimiento para el vallenato clásico es la mejor manera de darle la espalda a la tendiente homogeneización sonora, dentro de la cual sólo parece ser música los géneros occidentales de Pop, Rock, Electrónica y Hip Hop. Pero no, la música es también vallenato y lo es quizás más que otras melodías. Por eso merece salvaguarda internacional.

 

Tener protegida a nuestra música vallenata es, incluso, darle la espalda a la americanización presente de nuestras sociedades donde los dispositivos musicales sólo estarían llenos de los mismos artistas, invadiéndonos de imperialismo cultural a imagen y semejanza de lo relatado por Eduardo Galeano.

El folclor vallenato simboliza el triunfo de la música humilde, sencilla y campesina sobre las notas rimbombantes de los clubes sociales. Es él el que ha promovido el diálogo intergeneracional y social, como impecablemente nos lo recuerda la UNESCO. Es así que protegemos lo nuestro como puristas de tiempos de antaño, que evidentemente fueron mejores, y en los cuales Escalona conquistaba con chevrolitos y hamacas grandes y Freddy Molina tranquilizaba al Guatapurí con su sensible amor.

Por eso, mi herencia se llama vallenato, lo aprendí desde pequeño, desde que mi padre me regaló una caja vallenata, hecha de madera y cuero crudo cesarense. Aprendí los ritmos, primero el paseo lento, luego el rápido, pasando por el merengue y, finalmente, terminé con el dificultoso son, siempre queriendo imitar a la técnica del "Coyote" y a la de Pablo López.  ¿Cómo olvidar estos primeros pasos?

La siguiente etapa fue entender las composiciones, comprender las historias, descifrar las incógnitas. Comencé con el merengue de Alejo Durán que entona "La mujer y la primavera, son dos cosas que se parecen". Después salté a leer las novelas de Escalona, a subrayar a Gabo y a apreciar los cuentos de vaquerías de Pepe Castro.

Volví al tradicionalismo, en lo que me ayudó mucho Villazón y su disco de juglares, entendí lo simplistas pero extraordinarias que eran nuestras canciones, y concluí mi aprendizaje con Hernando Marín que cantaba: "Y una tarde donde Luisa, que yo estaba banqueteando, Soto me estaba chequeando la famosa Guaireñita, y me dijo esas letricas las vi pintadas en el barro, tú eres quien se está robando las cañas de aquella finca, y en callejón sin salida por soto quedé atrapado".

Sí, quedé atrapado en una traba vallenata, donde toda guacharaca era emoción, donde el vallenato no crujía sino que lloraba de pasión y donde el espíritu no era más que una casa colgada en el aire. Quedé flechado con mi cultura, se la hacía escuchar a todo el que se me atravesará, la tocaba en las riveras de París, en las tabernas de Madrid, en los huecos de Bogotá y en los arroyos de Barranquilla, porque, simplemente, mi patrimonio es todo un vallenato.

@QuinteroOlmos

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