Las velitas se cambiaron por focos de colores

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Escrito por:

Jorge Vacca Escobar

Jorge Vacca Escobar

Columna: Opinión

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Con el siete de diciembre, víspera de la celebración de la Inmaculada Concepción, se inicia en firme la Navidad, símbolo del nacimiento eterno del Verbo; es el aniversario del Dios-Hombre y la aparición de la comunidad cristiana.

 

Para unos, la felicidad les llega con el solo hecho de sentir las brisas que descienden de las cordilleras o sierras montañosas y que penetran de manera silenciosa por las ventanas cargadas de colores y de esperanzas; para otros, la época produce una nostalgia por aquello de la evocación de esas viejas y desaparecidas tradiciones; sobre todo, si sus orígenes son las de un pueblo arrugado pos las arenas polvorientas, los andenes plétoros de Velitas Lizcano, llamadas así, quizás en honor al reverendo padre Lizcano, esas velas que animaban los sones de las ruedas de cumbia que se entronizaban en el centro de la plaza, al lado de la iglesia, y en compañía de las flautas de millo, el guache, la tambora, el llamador y las maracas de calabazo seco.

En ese tiempo, las velas no se apagaban, ni se cubrían con faroles, porque la brisa ejercía una complicidad infantil, acompañada por los montoncitos de niños acurrucados y envueltos en sábanas para hacerle frente al frío de la madrugada, o para evitar que un borrachito se las tumbara mientras tambaleaba camino a su casa. Las cuatro y diez minutos del amanecer era el momento exacto para comenzar el estropicio de las trancas que caían por el desespero de saber quién se había levantado primero para prender las primeras velas en una oscuridad cubierta por esplendor de las estrellas, la luna llena y uno que otro planeta furtivo que se aventuraba en el firmamento; y por qué no decirlo; el paso raudo de un cometa que atravesaba de manera osada por el firmamento con un destino si origen y sin final.

A veces, lográbamos volar con la esperanza  de pedir un deseo en esas noches infinitas, hasta el punto que lograron penetrar en nuestras mentes para morir en medio de los cantos de tutainas, al pie de un Niño Dios, adornado con hierbas y figuritas de barro a semejanza de todos los santos en compañía de los reyes magos camino a Belén.

Pero todo murió; los dulces cantos de los villancicos fueron reemplazados por los estridentes ruidos de las champetas; el alboroto estridente de los equipos de sonidos acompañados por los vallenatos, esos que no pertenecen al Legado Inmaterial y urgente de la música legendaria; ya las velitas blancas son reemplazadas por los focos multicolores, los cuales no permiten que calentemos nuestras manos; y ya sólo cantamos: "las costumbres de mi pueblo se han perdido ya…recuerdo cuando yo vendía arepas en la mano… con aquel pantalón cortico…donde la vieja Julia  nos vio nacer. Sin embargo, prenderé las velas antes del amanecer y que la llorona entone sus quejidos de media noche y el caballo sin cabeza vuelva a trotar; pero las velas las prendo porque las prendo, así no sean Lizcano.    

Por Jorge Eliécer Vacca Escobar
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