La trascendencia del ser humano

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jorge Vacca Escobar

Jorge Vacca Escobar

Columna: Opinión

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"Creo que la incomprensión  que tienen hacia mí, es en el fondo alejada de la lengua que yo hablo… En todo caso los que me elogian están más lejos de mí, incluso que los que me critican". Nietzsche. "La Voluntad del Dominio".

 

Los hombres  como los gallos de pelea en los palenques sortean sus vidas al azar y la violencia;  ¿Por qué escribimos? ¿Dónde discurrimos sobre este tema?; en forma especial: en una tertulia, en un café, con aquellos  que  llamamos "escribidores", por su naturaleza de tanto leer; son estas razones suficientes para no  hablar de la muerte, porque aprendí, frente a una tumba,  que a los muertos no se les habla porque no escuchan, sino a los vivos que son quienes fortifican la eternidad. Quiero hablar de la trascendencia y de la mutualidad del hombre, a partir del texto.

Si bien es cierto que la lectura es una acto que tiene su génesis en la infancia y penetra en nuestras almas como esos ávido olores a lluvia, a guayaba y patillas de mi pueblo; también es verdad, que simultáneamente el acto de escribir se va irrigando en nuestras venas; pero, que sólo en una mente fértil puede florecer hasta llegar a curarse de lo que Jaime Villarreal Torres, un insigne periodista del Magdalena, llama,   "El Fantasma Apabullante de la Nada Periodística".

 El escribir puede convertirse en un fenómeno  catártico, como el antiguo teatro griego, donde las letras grabadas van golpeando con un ritmo sonoro que repercuten en las pulsaciones tensas del corazón.

Cada palabra, cada figura y cada metáfora dan la dimensión inexacta del pensamiento. Los vellos se crispan y el cerebro deja escuchar su turbulencia, mientras el espíritu flota en un vacío de paisajes, recuerdos y añoranzas. Es allí en ese momento donde  el escribir se transforma en un acto de amor; es como abrazar a su novia en un espacio de silencio, donde el espíritu se turba y brota manantiales de encanto, con una voz silenciosa que dice: "Esta noche estoy sintiendo que aún te quiero todavía".

Esta forma de asumir el proceso de la escritura debe, ineludiblemente, controvertir el orden clerical, porque no existe un código común con muchos lectores; no hay concertación con el lenguaje fácil y mal oliente que atiborra las páginas rojas y amarillas del periodismo; es aquí donde la pluma frivoliza su intensidad y pierde la pedagogía de la fantasía; es aquí donde la trascendencia del hombre canta su réquiem y sepulta su materia para nunca más volver, ni siquiera al polvo del cual fue hecho.

Esta forma de escribir ha sido  sepultada en nuestra niñez, desde el momento que se inventaron las cartillas de leer y los cuadernos de ejercicios en las escuelas. Desde ese instante  nos alejaron de la realidad, cuando nos introdujeron en los esquemas milimétricos de la ortografía; cuando nos prohibieron narrar nuestras vidas y se inventaron que todo lo que tenía tres lados era un triángulo y no una mujer saltando en el mar; por una de estas razones el escribir resulta heroico; y sólo pertenece a una élite que tiene la osadía de intentar un diálogo rumiante con el lector.

El escribir es polemizar. Confrontar  ideas. Abrir espacios a la nada. Dejarse auscultar con el mismo celo que el mar guarda sus especies marinas. Escribir es hacer saltar al escritor de su mutismo. Escribir es hacer que nuestra voz penetre por las claraboyas del silencio y resuene en lo más profundo del ser.

Al pensar en este escrito, sentí una voz vibrante  y cantarina dirigida a incoar un pleito donde no hubiera un desgaste intelectual, sino una reflexión sobre el escribir. Quería reunir entorno a la pluma a los escribidores que no se atreven; aquellos que duermen en el Otoño del Patriarca; en este momento como  Catón el Censor o el Cicerón con sus catilinarias.

Me pronuncio contra la ineficiencia y la indiferencia intelectual. Cada escritor debe mostrar su alto sentido de sensibilidad social, sembrando sus islotes de vientos que en el futuro tendrán que impulsar las Turbinas Eólicas que generarán la energía eléctrica en los rincones del país, plétoras de sueños.  No se puede terminar un diálogo sin tener un postre poético de sabor nerudiano:

"No quiero seguir siendo la raíz en las tiniebla, vacilante, extendido, tiritando de sueño, hacia abajo en las tripas mojadas de la tierra, absorbiendo y pensando, comiendo cada día". Walking Around.

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