Réquiem por los novios

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

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Repicó la última campana alertando a los fieles que la misa de gallo estaba por comenzar.  Me tomó un par de minutos llegar a la iglesia, ya que queda cruzando la calle de la casa donde crecí.  Tuve dos sorpresas.  La primera, ya el padre iba por la mitad del evangelio, y la segunda, una pareja había decidido casarse ese 24 de diciembre. 

 

Pensé que el horario de las misas se había cruzado, y que primero acabaría de casar a los novios para después celebrar la misa de gallo, y me dije a mi mismo que al que no quiere caldo se le dan dos tazas.  Me arme de paciencia para no desentonar con el espíritu navideño que flotaba en el ambiente.

Aún recuerdo la cara de incredulidad de los presentes cuando terminado el evangelio, comenzó a leer otro evangelio.  La novia estaba vestida de blanco, el novio de frac, pajecitos, damas de honor, padrinos, en fin toda la parafernalia propia de estos eventos.

La voz profunda del padre retumbó por todo el templo: ¡los deudos de la novia a mi derecha y los deudos del novio a mi izquierda!  ¡Y dales Señor el descanso eterno! Y todos contestamos, brille para ellos la luz perpetua.  Yo miraba a ver dónde estaba el muerto, y no lo vi por ningún lado.  El padre hizo la eulogía de rigor en cuerpo ausente, y la novia, que para esos momentos era un solo mar de lágrimas, dejó escapar un llanto lastimero.  El pañuelito que la había hecho la diseñadora supuestamente para enjugar las pocas lágrimas de pura felicidad, no había dado abasto para la hiperactividad de los lacrimales ocasionada por la impresión de casarse con un réquiem.

Y quién dijo miedo.  Nada que envidiarle a la plenaria de los contertulios habituales del temidísimo callejón de la infamia, en donde se habla mal de todo el mundo pero no se le sostiene a nadie, o al menos eso es lo que dice un locutor de radio.

Yo adopté posición de total relax y paré las orejas para no perder detalle.  Por allá un par de beatas conjeturaban que al padre lo estaban obligando a casarlos, y que estaba enviando mensajes crípticos de auxilio.  Más allá, otro par murmuraba que el novio era paraco y que estaban obligando a la novia a casarse y que por eso lloraba tanto.  Las versiones no autorizadas del callejón de la infamia crecían como la espuma.  Para otros, el papá de la novia era el paraco, y al que estaban obligando a casarse era al novio, y las mentes más lúcidas de la noche concluían que al padre le habían echado burundanga y el hombre estaba alucinando; y el burro de la cuadra sonreía sarcásticamente creyendo ser el único que realmente sabía lo que estaba pasando: el padre estaba teniendo un mal viaje.

Para colmo de los males, el padre tenía fama de cascarrabias y nadie se atrevía a decirle nada.  Unos se preguntaban si el matrimonio seria valido puesto que se estaban casando con misa de muertos.

¡Y ahora dense todos un saludo de paz!  Pidió el padre.  Y todos nos abrazamos deseándonos felices pascuas.

¡Y ahora el difunto puede besar a la difunta!

Confirmado, el padre está desvariando. A esas alturas yo estaba a punto de estallar en carcajadas.  Si la novia quería que su matrimonio fuera único e inolvidable, dicho y hecho.  Si yo no le podido olvidar, ahora imagínense a los novios.

Pero de todos los asistentes, el que estaba más estresado de todos era el organista que no sabía que repertorio interpretar.  Los nervios lo traicionaron, y gritó desesperado:

¡Padre! ¡Decídase de una buena vez!  ¿Qué quiere que toque?  El Réquiem de Mozart o el Avemaría de Schubert?

¡Toca lo que te de la reverenda gana, que yo lo que me estoy es embolsando! Y salió pitao del templo tratando de evitar que el retorcijón le ganara la mano.

Para aquellos que pudieran dudar que este relato es verídico, ni el genio más creativo podría imaginar tanto disparate.  Esto sucedió en Santa Marta no hace mucho tiempo.

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