El porqué de la abstención electoral

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Font Size

Escrito por:

Jorge Vacca Escobar

Jorge Vacca Escobar

Columna: Opinión

e-mail: [email protected]

"Viejas canciones, viejas añoranzas, las recuerdo con mucha arrogancia"

 

Durante estos meses, mis recuerdos han volado como gaviotas en el mar hacia aquellas épocas cuando el fervor partidista se tomaba las plazas públicas de los pueblos, veredas y capitales, que entre papayeras, conjuntos vallenatos y cantores de décimas al ritmo de los rones, ahogaban  con gritos el silencio, a través de voces abiertas de  vivas los liberales y roncas de abajo godos!

Las trifulcas eran efervescentes; los contrincantes montaban en cólera  y anatemas hasta llegar, algunas veces, al enfrentamiento físico; porque partían desde las palabras hasta los golpes, que duraban hasta dos días después de las elecciones. Recuerdo las tribunas que montábamos con alto parlantes que pendían de varas de caña o bambúes; y los gestos de brazos, miradas revoloteaban y resonaban con una abizarrada actitud de fuerza y valentía.

Eran las horas y minutos cuando más sonaban y resonaban los ecos potentes y poderosos de esa voz viril y jamás imitada de ese caudillo y líder de masas Jorge Eliécer Gaitán con sus templadas arengas en contra de la oligarquía liberal como la conservadora; y  así, de manera extrema y colateral se prendía el murmullo de millares de pañuelos blancos, frente a las brisas cálidas de la Plaza de Bolívar en Santa Fe de Bogotá.

Recordar la oración del silencio es vivir la emoción beligerante de la pasión de la clase popular que  emergía enhiesta al lado de su caudillo. Existía un profundo planteamiento hacia un cambio democrático y participativo; pero todo fue demolido en medio de una implosión con un solo abrir y cerrar de ojos. Todo había terminado, la patria se vería hundida en el olvido y amarrada a la indiferencia.

 Las multitudes tienen un momento mágico en el cual creen ciegamente en los postulados del líder y construyen una fe hacia el futuro; pero también, esa masa se proyecta sin objetivos y se transforma en personas escépticas; ya todo le es igual; la falsedad y corrupción de esos nuevos dirigentes prolifera e invade los círculos y contextos sociales. La verdad está por encima de la imaginación y va más allá de la realidad.

El pueblo comenzó a olvidar. Nada nuevo se le ofrecía fuera de la rapiña burocrática. Aprendió que los favores se contabilizan en votos.

Los acuerdos se hacen hasta con el diablo sin trinches, con tal que existan los dineros para financiar las campañas. Ya los ideales subyacen en el fondo de las urnas. Frente al fenómeno sociológico de esta dimensión, tiene que presentarse una reacción igual o superior. Al pueblo no le interesa votar porque no existen atractivos programáticos reales. Por otro lado la gente no vota por la agonía que tiene que pasar el día de las elecciones, cuando la Registraduría y autoridades se presentan con la más grande organización desorganizada. Nadie sabe dónde le corresponde votar; desconoce el manejo de los tarjetones porque las caras se transforman en número y logotipos; o tienen la fortuna que los caciques los envían a las urnas con los tarjetones ya marcados y escondidos debajo de sus camisas o entre los sostenes; por otra parte, no existe un transporte público donde las personas se movilicen; ni aún los taxis, porque todos están acaparados.

Al hacer una balance comparativo de las épocas podremos identificar valores diferentes, lo cual nos obligaría a renovar y de construir los procesos, donde aparezcan nuevos directivos de las entidades territoriales; que el sistema de votación se haga electrónico; el Estado financie y controle las inscripciones para candidatos, las cuales deben tener un proyecto político, social y económico para desarrollar en la comunidad. Los electores reclaman candidatos honestos y proactivos. Estamos cansados de convivir con la inmundicia política de cierta clase dirigente: y precisamente, esta nueva visión debe iniciarse desde la escuela y la familia.

Publicidad