Los destructores de la creatividad

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Andrés Londoño Botero

Andrés Londoño Botero

Columna: Bitácora del primer y cuarto cuadrante

e-mail: [email protected]

Las nuevas tecnologías están transformando los patrones de consumo de las personas. Cada vez el consumidor tiene más poder para elegir qué consume y cuándo, a su vez, las oportunidades de realizar actividades colaborativas, como compartir trayectos e intercambiar información, van en aumento. Estas transformaciones están ocurriendo a gran velocidad, y ya empiezan a hacer titubear a los antiguos dueños del mercado.

 

La peor decisión que puede tomar el congreso es regular con normas taxativas un sector sujeto a rápidos cambios. Las leyes que pretenden impulsar algunos políticos, que buscan limitar el acceso a plataformas como Netflix y Uber, parecen haberse quedado en el siglo XIX. Las pretensiones del representante Diego Patiño en cuanto a Netflix, y del senador Robledo en cuanto a Uber van en contravía de los intereses del consumidor.

 El primero pretende obligar a quienes difundan contenidos audiovisuales por internet, como por ejemplo su blog personal, a registrase, pagarle al Estado y a pasar las alocuciones del presidente cada vez que el Gobierno quiera (así a usted no le gusten las películas de miedo como la de Chucky). La libertad de elegir cuándo ver algo que nos interese sería seriamente restringida. El modelo que pretenden implementar aumentaría la posición dominante de los pocos prestadores de servicios audiovisuales, y dejaría por fuera del mercado a nuevos consumidores.

Por ejemplo, si usted es un emprendedor audiovisual, y se le ocurre hacer documentales o películas caseras y distribuirlas libremente, le tocaría pagarle a alguna empresa para que lo haga, o transmitir la cara del presidente en medio del clímax de su video. La primera solución lo pondría ante el criterio de quienes tienen licencias, que a juzgar por los noticieros poco informativos y las telenovelas amarillistas, no tienen un estándar ni espectro amplio.

El mundo está avanzando hacia un sistema colaborativo en la oferta de servicios. Las personas están dispuestas a compartir trayectos en sus carros, producir información sin una tijera que corte información sensible para un gobierno o casa editorial, a compartir videos y música, entre otros. Además, a las personas les gusta evaluar lo que consumen para mejorar la calidad, como ocurre con Uber, donde somos los usuarios los que regulamos el mercado. Las organizaciones que solían realizar estas actividades de forma vertical (decidir qué ofrecer sin la intervención del consumidor) deben reinventarse para adaptarse a nosotros, no al contrario.

La innovación tecnológica está creando un proceso llamado destrucción creativa, donde las mejoras en los productos sustituyen a sus antecedentes. Los canales de televisión y las pautas comerciales en medio de una transmisión harán parte del pasado. Sería un error comenzar a pedir licencias para transmitir contenidos, en especial en un contexto en el que la información a nivel global es cada vez más asequible. Además, se estaría premiando a las compañías que no han sido capaces de adaptarse para acomodarse a las nuevas demandas y que ofrecen un producto que cada día es menos atractivo.

No dejemos que el congreso decida lo que debemos o no consumir. Las regulaciones propuestas benefician a monopolios como el de Claro y Uldarico que han fallado en proveer un servicio atractivo para la sociedad. Es curioso que personas que en los atriles, como Robledo, reclaman democracia participativa se opongan a que los contenidos se realicen de forma horizontal (construidos por los consumidores), y promuevan la perduración de poderosos agentes del mercado. Si el Estado quiere que veamos sus videos en internet, entonces que los hagan más atractivos, tipo House of Cards; mostrando las aventuras de nuestro vice.