Oda al ocio

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Sebastián Herrera Aranguren

Sebastián Herrera Aranguren

Columna: Opinión

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Hoy no quiero escribir sobre ninguna de las crisis que estamos viviendo. Quiero dejar de mencionar por un momento los problemas fronterizos con Venezuela, que está en la boca de todos los medios de comunicación. Tampoco quiero mencionar la tremenda crisis humanitaria que está viviendo Siria, y que ha llamado la atención de todo el mundo, no tanto por su gravedad como por la emergencia de una sobrepoblación de inmigrantes en los países europeos. Dan asco las opiniones moldeadas por los medios, y la doble moral que habita la Tierra por estos días. Es mejor intentar abstraerse unas horas de tanto horror y crueldad, y sin hacer como que nada ha pasado, mejor volver en unos días con cabeza fría a reflexionar sobre el mundo en el que estamos viviendo.

 

Hoy quiero hablar sobre el ocio. Vengo en su defensa. Aquí sentado frente al teclado y la pantalla, puedo notar la productividad que puede tener no hacer mucho, o 'hacer nada', si es que eso es posible para un ser vivo. El término no 'hacer nada', parece tener su origen en ese club de gente que alrededor del mundo relaciona productividad con explotación y automatización. Si alguien de ese círculo, me viera al frente de la pantalla, buscando noticias, novedades, artículos, música o simplemente 'haciendo nada', diría que soy un improductivo, que eso no es trabajo.

Sin embargo, de esa aparente vagancia cibernética es que provienen mis escritos, que mal que bien, persiguen algún fin para con los lectores. No siempre cumplir con un horario, hacer labores mecánicas, portar un uniforme impecable, es garantía de productividad, emprendimiento, laboriosidad. Existe algo que se llama 'ocio creativo'. Una categoría muy presente en los artistas, en los inventores, en los científicos. La necesidad de tomar mucho tiempo, al parecer improductivo, de reflexión, de meditación, de medición, de estrategia.

Pero siempre se ha catalogado el ocio como algo siniestro. Se dice, bíblicamente, que de allí provienen los vicios, las maquinaciones, los malos pensamientos, la degradación. Por supuesto que el trabajo dignifica, pero aquel tiempo ocioso también es trabajo intelectual; no remunerado, ni con resultados inmediatos, pero al fin trabajo. El ajetreo genera estrés, desesperación, ausencia de ideas y creatividad, mecanización y desgano. Es necesario tener intervalos de ocio, pausas de descanso, para sopesar el rumbo por el que se transita. Vivir en esta carrera vertiginosa acaba con el sistema nervioso y la salud mental de cualquiera, y lo hace a diario.

Me encontré un artículo titulado: 'El cuerpo humano está programado para ser perezoso' . Una investigación realizada por esos estudiosos desocupados, que 'no hacen nada'. Uno de los apartes más interesantes del corto artículo, reza así: "Según Jessica Selinger, la principal autora del estudio, "detectar y optimizar el uso de energía de forma rápida y precisa es una hazaña impresionante por parte del sistema nervioso. Tienes que ser inteligente para ser tan perezoso". Así que podríamos decir que el ocio es una virtud de inteligentes, para alcanzar la longevidad, y el deseo de explotación y sobrecarga de trabajo es sólo posible en mentes poco brillantes y autodestructivas. ¡Viva el ocio y el descanso!

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