De Armero a Salgar…Un luto colectivo

Columnas de Opinión
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Escrito por:

María Padilla Berrío

María Padilla Berrío

Columna: Opinión

e-mail: majipabe@hotmail.com

Twitter: @MajiPaBe

Cuando el bus paró y nos dejó en un quiosco de carretera, con la promesa de encontrar Armero al otro lado de un puente que se divisaba unos 200 metros más adelante, la primera sensación era que estábamos, casi casi, en el medio de la nada. Unos minutos después, cuando nos dispusimos a desafiar el asfalto recalentado de 11 de la mañana, divisamos del otro lado una estructura abandonada, como una casa de un solo piso.
La carretera, que a simple vista estaba rodeada de vegetación, se alzaba imponente en medio de aquel paisaje sin ningún indicio del pueblo fantasma que esperábamos encontrar y, cuando creímos que nos habían mentido, que Armero quedaba mucho más lejos de lo prometido, anclamos la vista a nuestra derecha, como buscando una señal de proximidad.
Divisamos al fondo una especie de lápida, y cuando creímos que habíamos hecho un descubrimiento aislado, fueron apareciendo más y más lápidas, dando cuenta de un gran cementerio colectivo. Nos acercamos tímidamente, para terminar descubriendo, finalmente, que ese gran cementerio, aparte de la colección de lápidas, tenía otra cosa en común: todos habían muerto el mismo día.
Nos devolvimos un poco, como tratando de ver si había algún comienzo evidente, y confirmamos entonces nuestras sospechas: estábamos en Armero hacía unos minutos. Retomamos el rumbo con la esperanza de encontrar vivos, o al menos más curiosos, y llegamos a una intersección que invitaba a descubrir Armero. Había "guías", y uno que otro promocionando el documental de Armero, no sé cuántos CDs que mostraban la historia del pueblo que se convirtió en cementerio.
Casi 30 años después, los suficientes para que, en medio de las lápidas se erigiera una espesa vegetación, Armero era entonces el referente de la peor catástrofe natural de nuestra historia. Y aun así, pese a los años, los fantasmas que han rodeado aquella masacre, entre males divinos y castigos naturales, pesa sobre esa historia la responsabilidad de un Estado paquidérmico que, excusado por la coyuntura política, fue incapaz de siquiera advertir la tragedia anunciada de un pueblo inerme.
Y así, muchos años después, aunque no con la misma magnitud que la de aquel Noviembre trágico de 1985, las historias de los salgareños, quienes sobrevivieron para contarlo, se parecían mucho a las recogidas por Luz García en su libro: Armero, un luto permanente, un texto que recopila los testimonios de esos testigos de primera mano que, a pesar de haber sobrevivido, dejaron para siempre en su retina las imágenes y las cicatrices de aquella madrugada.
Y ni hablar de las imágenes perturbadoras del panorama desolador que dejó la avalancha de Salgar en días pasados. Éstas, aunque no son lodo con lava recalentada, muestran un escenario de devastación y arrasamiento tal, que a estas alturas, dadas las circunstancias, podría decirse que borró una de las veredas más prósperas de Salgar: La Margarita.
Los protagonistas de Salgar, con relatos inverosímiles y conjuros milagrosos, a pesar de la insistencia del gobierno local por desmentirlos, cuentan que la tarde del día anterior a la tragedia, el domingo 17 de Mayo, la quebrada La Liboriana se secó, "se veía bajar muy poquitica agua". Eso, que a la simple lógica le puede decir mucho, inquietó a unos cuantos, pero no alertó a nadie.
Lo que pasó después, antes del alba, lo describirían como los de aquel Noviembre de 1985 lo hicieron en su momento: se escuchaba un ruido muy fuerte, "sonaba como una bomba" y se sentía una vibración.
Estas historias y las imágenes, además del velorio colectivo al que quedó reducido Salgar, me llevaron de regreso a ese entorno de desolación y el sinsabor del Armero en su época (guardando las proporciones, obviamente), con el agravante de que, después de mucho andar, tratando de cicatrizar esas heridas y soledades que dejaron a su paso los actores armados en esta población, los Salgareños vuelven a protagonizar ese drama humano en el que, muchos, volvieron a perderse en la mirada gris y desoladora de las pérdidas irreparables, de lo que, evidentemente, no tiene nombre.

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