¡Desastre!

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Escrito por:

Francisco Galvis Ramos

Francisco Galvis Ramos

Columna: Contrapunto

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La Universidad de las Américas de Puebla, México, elaboró y publicó recientemente el Índice de Impunidad que abarca muchos países de este mundo, destacando en lugar preeminente a Filipinas con 80.0 puntos, seguido de México con 75.7, pisándole los talones Colombia con 75.6 y en cuarto lugar un poco distante Turquía 68.7.

Para completar el combo de los ocho países peor calificados tenemos a la Federación Rusa, 67.3; Nicaragua, 65.9; a Honduras y El Salvador empatados con el 64.1.

El doctor Santos, Leonidas Bustos, los del Consejo Superior de la Judicatura y Asonal, con su natural desenfado podrían rejurar y escribirlo sobre mármol, que vamos bien porque no estamos tan mal como Nicaragua, Honduras y El Salvador.

Pero la verdad es que no, porque quedamos mal parados ante el concierto de las naciones y ante nosotros mismos. No ha valido subirles los sueldos a empleados y funcionarios judiciales y del Ministerio Público, crear despachos de descongestión, dotar de tecnología las oficinas, incrementar la nómina de la clientelista Fiscalía General.

Nada de esto ha servido, ni servirá, para quitarnos de encima semejante baldón de ocupar el podio con medalla de bronce a la más alta impunidad en el planeta. Claro que los responsables de esta debacle dirán que son solo percepciones. Pero ¡engaño!, es lo que sufrimos todos.

En Colombia la justicia solo acelera a fondo cuando se trata de un uribista, justicia selectiva plagada de inferencias que llaman, por lo demás torcida según las constancias.

El rey de las tergiversaciones, Martín Santos, podrá parodiar su propia disparatada frase para decir que la justicia va bien y la opinión pública va mal.

Los hechos que empiedran las calles son tozudos y dicen que esto es un verdadero ¡desastre!

Impunidad, congestión, corrupción van de la mano y de ello han dicho claramente las encuestas de opinión, al componer la idea que se tiene del factor justicia, de las Cortes y otras instituciones que le son afines a aquella. Salvo casos heroicos, no hay compromiso con el ejercicio de las funciones, no hay entereza para administrar justicia y si para percibir los más que suficientes salarios mensuales, las primas, las cesantías, las demás canonjías y prebendas.

¿Cómo no ha de haber corrupción, si no hay quien investigue y castigue de manera pronta y ejemplar?

¿Cómo no ha de haber congestión, si hay desidia?

¿Cómo no ha de haber impunidad, si las ruedas de la justicia están trabadas?
Este panorama mantiene soliviantados los ánimos de los ciudadanos, pocos o ninguno cree en la administración de justicia, menos todavía en su calidad a cargo de personajes venidos a más desde lo más alto hacia abajo.

Tiro al aire: ¿no habrá en este país un hombre o una mujer capaz de reformar la justicia y sus malas costumbres?

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